MARINA ABRAMOVIC

Esta ópera nueva, obra de arte del  futuro como la ha llamado el profesor Calvo Serraller, ha sido la reflexión mas  jungiana que he experimentado. “Yo quería saber como reaccionaba el individuo  en el instante de su propia destrucción” dice Abramović que destruye su  pasado, que es como decir su futuro, en esa fusión en un presente elliotiano,  para convertir su vida en “material y nada mas”. Mas entonces, como una  llamada del Dios vivo, se alzan con extraordinario lirismo, las voces y  melodías de los antiguos cantos serbios que arrebatan el “material”, de la  destrucción final. La voz de Antony nos rescata del cataclismo y nos devuelve  al sitio de la historia.

¡Ah, la historia!  ¡Que sería de nosotros si no existiera la historia! Sólo la memoria nos  convierte en humanos, esa memoria de la que estamos hechos y que esta obra de  arte donde se confunden y superpones imágenes, colores, antiguas melodías,  material de vida, gestos, desgarradores gritos y una narración de vida, hace  posible que veamos, a través de espejos deformados, escenas de nuestras vidas  vividas o soñadas. “Ven al teatro como irías a un museo, como contemplarías un  cuadro. Simplemente disfruta de la escenografía, las disposiciones  arquitectónicas, la música, los sentimientos que todo ello evoca. Escucha las  imágenes”, recomienda el creador y director de la obra Robert Wilson.

Que acierto más grande nos ha traído Mortier  de la mano de Gregorio Marañón. En el Real, el día del estreno, unos gritos  reclamando salarios percibidos de más, amenizaron la representación. Ni  calculándolo hubiese salido mejor.  Desde hace más de un año, leo en un  lienzo de Rothko los difusos colores cuya melodía escucho entre sueños. El  futuro ya va quedando atrás en un imperturbable presente.

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