EL SUEÑO DEL CISNE

Me encuentro frente a un pequeño estanque en el que un par de cisnes son arrastrados por el leve viento mientras duermen con sus cabezas protegidas debajo de las alas. Es sábado, según nuestra fe el Hijo de Dios ha muerto y no resucitará hasta la medianoche. El origen de la celebración de la Pascua es la conmemoración por el pueblo judío, nuestros hermanos mayores, de la salida de Egipto y la liberación de la esclavitud. Leo el editorial de «Le Figaro» sobre el camino de la cruz de los cristianos de Oriente. Y pienso que mientras cristianos y judíos podemos celebrar la Pascua plácidamente, como cisnes dormidos nos olvidamos de todos aquellos, cristianos o judíos, que deben huir o son perseguidos por su fe.

Efectivamente, y por lo que toca a los cristianos, en Siria, Irak, Egipto, o algunos países del centro de África, son perseguidos por su fe en Jesucristo. Ese tesoro religioso y cultural de Oriente desaparecerá si no tomamos conciencia de lo que ahí está ocurriendo. Las minorías judías que permanecen en esos lugares son ya tan pequeñas que su eco es apenas perceptible. Pero todavía quedan millones de cristianos perseguidos. Conocemos la brutalidad de la ley islámica, el trato vejatorio e infamante a las mujeres y el desprecio a la libertad, por algunas voces que se han levantado contra el olvido de quienes han podido contarlo. Ingenuamente pensamos que la «primavera» árabe abrirá nuevos cauces de entendimiento y de fraternidad. Como los cisnes del estanque que tengo frente a mí, escondemos la vista de lo que está aconteciendo ante nosotros e incluso hacemos algo peor: renunciamos a nuestras raíces porque se nos fueron, también, las ganas de luchar y preferimos ser zarandeados por el suave y adormecedor viento. Leo el Salmo 32: «La palabra del Señor es sincera,/ y todas sus acciones son leales;/ él ama la justicia y el derecho,/ y su misericordia llena la tierra». Que así sea.

 

 

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