¡Le Haim, Mauricio!

Me sumo a ese brindis vital y triste de Enrique Mújica del pasado jueves en el diario El País, por el amigo de tantos años Mauricio Hatchwell que acaba de fallecer en Madrid y hoy será enterrado en el Monte de los Olivos, en Jerusalem. Para su mujer Monique y sus hijos el cariño más emocionado. Los restos de Mauricio serán enterrados, según la Ley judía, en ese monte mítico, que según el relato evangélico fue arrestado Jesús, y es de donde, según Zacarías, que también, según la tradición descansa ahí, comenzará la resurrección de los muertos el día del Juicio Final.

Mauricio Hatchwell, judío sefardí procedente de Marruecos, construyó su vida familiar y profesional en su antigua patria, Sefarad, o sea España. Fue un ferviente partidario de la causa sionista y sostenía que el conflicto con los palestinos no debía circunscribirse a la simplificación de una lucha de la “poderosa” Israel contra los “humildes” palestinos. No. El conflicto había que enmarcarlo en la lucha por la existencia de Israel y el ataque permanente de todos los países árabes, un conflicto desigual entre un país con una población judía de cinco escasos millones de habitantes contra más de cien millones acosándoles por todas las fronteras.

Cuando el Monte estuvo bajo control árabe, se destrozaron miles y miles de lápidas del cementerio judío que se convirtieron en piedras para la construcción o usadas como letrinas. Desde la reunificación de la ciudad, en 1967, es un lugar de culto y de respeto para las tres religiones, un lugar de concordia como por la que tanto trabajó Mauricio, especialmente en el año 1992, cuando se conmemoró el quinto centenario de la infausta expulsión de los judíos de España. Mauricio fue un hombre de tradición y de concordia, lo cual debe recordarse hoy en estos tiempos revueltos que vivimos. ¡Le Haim Mauricio!, es decir, ¡Por la Vida!

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