EL DECENDIMIENTO

Los Museos Vaticanos han prestado al Prado, coincidiendo con la reciente visita del Papa a España, una inquietante pintura de Michelangelo Merisi da Caravaggio. Se trata del Decendimiento, una obra pictórica que goza, desde que se expuso en 1604, de general reconocimiento y admiración. Refleja el momento en el que el Hijo de Dios ha muerto y cuando tres mujeres –María, María Magdalena y María Cleofás- y dos hombres – Nicodemo y Juan-  sostienen la divinidad y se disponen a lavar el cuerpo según la ley judía –que jamás abandonó Jesucristo- para luego guardarlo en el sepulcro. Caravaggio pintó al Dios muerto sin una gota de sangre, ni en la frente, ni en el costado derecho, ni en las manos o en los pies. El lienzo es, sin duda, una meditación.

 

Quizás escriba algo heterodoxo, pero les confieso que para mí la centralidad del cristianismo no está tanto en la muerte en la cruz, en el sufrimiento, sino en la resurrección, es decir en la felicidad, cuando, según narran abundantemente los Evangelios, Jesucristo se aparece no sólo a sus discípulos sino a muchas otras personas, como un cuerpo glorioso, sin sangre, como ya anuncia Caravaggio en su descendimiento, y envuelto por la luz de la eternidad. Esa es la parte de la vida del Hijo de Dios que encuentro más fascinante, mucho más que la que se revive hasta el morbo en las, por otra parte, preciosistas procesiones de la Semana Santa o en películas, alguna más que discutible, como la de Gibson. Es cierto que la vida y la muerte son dos realidades indisociables. Pero la gran aportación del cristianismo a la humanidad no es el recordatorio del sufrimiento sino la esperanza de la Resurrección. Y eso lo plasmó con tal maestría y realidad Caravaggio, el gran pintor milanés, que no puedo sino rendirme ante la belleza de su obra maestra.

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