¡NO TENGAIS MIEDO!

Juan Pablo II, al inaugurar su pontificado, lanzó una proclama que resonó en todos los corazones del orbe católico: “¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Jesucristo!” Después del Concilio Vaticano II había en la Iglesia un lógico clima de incertidumbre que supo despejar con puño de hierro y guante de seda quien estaba destinado a convertirse en uno de los Papas que más tiempo ocupó la silla de Pedro. Efectivamente, Juan Pablo II no tenía miedo y proclamó la fe en los cinco continentes. Fue el Papa de la acción, se movía entre la muchedumbre como pez en el agua, y supo ganarse el respeto de tirios y de troyanos. A él –junto a otros líderes mundiales- se le debe, entre otros logros, el desmantelamiento del comunismo. Juan Pablo II tuvo a su lado, siempre, a un teólogo y filósofo que dio un sólido armazón religioso e ideológico a todas sus encíclicas, discursos y escritos. Sobre el cardenal Ratzinger se lanzaron todo tipo de infundios por quienes, antes de leer, opinaban como vicarios de comentarios ajenos.

 

Quién iba a decir que este cardenal, sencillo, metódico, a quien le gustaban los gatos y que cruzaba parsimoniosamente cada mañana la plaza de san Pedro, iba a ser el sucesor del Papa hiperactivo que abrió las puertas de la Iglesia al mundo de la modernidad, sin miedo, y enseñó a defender la fe, no sólo desde la acción, sino, sobre todo, desde la razón. Si Juan Pablo II fue el Papa de la acción, Benedicto XVI, su sucesor, ha sido el Papa del pensamiento, el Papa filósofo que incorporó el platonismo a la teología cristiana y enseñó a los católicos a pensar, al modo protestante, con libertad, leyendo los textos, razonándolos, interpretando libremente la escritura y aceptando –aunque parezca una contradicción- el magisterio de la Iglesia. El Papa, nos viene a decir, proclama la libertad de pensamiento, que cada cual pueda pensar lo que quiera, que la fe no se impone sino que se propone, aunque quien acepte la catolicidad, deberá asumir que la Iglesia de Roma es la depositaria de la verdad. De la verdad revelada por Jesucristo.

 

Estos días pasados Madrid ha sido la capital del mundo católico, de todos aquellos que buscan la verdad última de su existencia. Contrastaba la sintonía entre la senectud de un Papa anciano, acompañado de Obispos bastante mayores, con una inmensidad de jóvenes cuyo promedio debía rondar entre los veinte y los veinticinco años. A mí me recordaban esas viejas historias de los tiempos remotos, de Grecia sobre todo, cuando los ancianos moderaban los ímpetus guerreros de los jóvenes, que son los autores de los grandes cambios sociales pero a quienes les suele faltar la moderación de la experiencia. Es posible que la Iglesia cometa tremendos errores, pero sus aciertos son tan grandes que a veces pienso lo que habría sido del mundo, sin la existencia del judaísmo y de su universalización a través del cristianismo paulino. En esta Jornada Mundial de la Juventud se ha podido comprobar lo que piensa una juventud que no se limita a protestar, sino que se atreve a pasar a la acción con propuestas positivas, con sacrificio, con humildad, con justicia y con fortaleza. Ahora comprendo por qué otras propuestas, mucho más vocingleras, resultan tan poco convincentes, aunque a primera vista resulten atractivas e, incluso, divertidas.

 

Yo leo asiduamente, y con sumo interés, a comentaristas e informadores sobre temas de religiosidad, como Tamayo, Juan Arias o Juan G. Bedoya, aunque no siempre esté de acuerdo con ellos. Los encuentro sugerentes, en muchas ocasiones, aunque a veces un tanto anclados en determinadas piedras que, desde luego, no son la piedra de Pedro sobre la que se edificó la Iglesia. Arias ha escrito un enjundioso artículo, como todos los suyos, afirmando que la Iglesia prefiere la teología de la cruz que la de la felicidad, aunque en otras ocasiones se haya proclamado defensor de la teología de la liberación que es como la antítesis de la teología de la felicidad. Y Bedoya ha ilustrado, en un culto comentario que, como en Canosa, el poder político se ha humillado ante el Vaticano. Ambos fueron publicados por el diario El País que estos días, contra corriente pero con gran coherencia, ha defendido las mismas tesis que suele defender siempre, lo cual es de agradecer frente al meliflua y oportunista actitud de otros medios que, cuando conviene, ponen una vela a Dios, y cuando tocan a rebato, la ponen al Diablo. Pero quien creo que desde hace decenios viene, sobre todo, dando una lección de temple y rectitud mental es el cardenal Rouco Varela al que los católicos, y el millón de jóvenes venidos de todas partes del mundo, le deben esta explosión de alegría y de optimismo en un mundo azotado por la desilusión y la crisis económica y moral.

 

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