ÁNGELES DE LA GUARDA

El otro día una violenta manifestación de airados ocupó el centro de Madrid para protestar contra la nada, o mejor dicho contra un presente mísero que les hace presentir un futuro inviable. Los hijos que trajimos al mundo, en resumen, van a vivir peor que nosotros, lo cual me lleva a una reflexión sobre los principios éticos, religiosos y morales que les hemos dejado como herencia. Pues el legado de nuestra existencia no será otro que aquellas herramientas que dimos a nuestros descendientes.

 

Nuestros padres habían vivido calamidades, guerras, destrucción, matanzas, miseria… Hasta las familias más acomodadas teníamos en el imaginario familiar alguno de esos desastres apocalípticos; y se nos inculcó que sin esfuerzo y sacrificio no era posible el hallazgo de la felicidad. Fuimos jóvenes afortunados, tanto, que algunos optaron por el camino de la doce vita. Derrumbaron el mundo recibido y educaron a sus hijos en permisividad, relativismo e inconsistencia. Algunos de mi generación, desviados de la senda recta, se fueron cayendo ya por el camino premonitoriamente. Pero estábamos ciegos. Otros nos salvamos porque un ángel de la guarda nos convirtió en supervivientes y porque quizás nuestros padres se ocuparon de nosotros, pues no hay mejor ángel de la guarda que el cuidado de los padres.

 

Y ahora lo que ocurre es que los hijos piden cuentas a gritos, porque en el fondo no se supo o no se quiso ocuparse de ellos, decirles no. ¡Esfuerzo!, ¡sacrificio!, ¡dignidad!, ¡honradez! Todos esos conceptos son el fundamento de una vida con amor, lealtad, bienestar, solidaridad, riqueza verdadera en suma. El resto es esa pavorosa comodidad en la que estamos instalados mientras contemplamos, entre impávidos e impotentes, un nuevo mundo que está naciendo y que nos negamos a entender.

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