AMPARO MUÑOZ

Debió ser el año 1981 o 1982. Quien me presentaba como su sobrino, amigo de correrías juveniles y de guerra de mi tío Quico, el escritor José Luis de Villalonga, casado entonces con Syliane, me invitó a cenar a su casa y me puso de pareja en la mesa a Amparo Muñoz. Creo que vino acompañada de un tal Flavio. Tuvimos una conversación muy sincera, de esas que recuerdas a lo largo de los años y ya me di cuenta que ahí había una vida oculta, tenebrosa a veces, triste y desamparada. Me sentí sobrecogido por su mirada y por el susurro cadencioso de su voz cuando se inclinaba hacia mi para encenderme flashes de su vida mientras cenábamos. La cosa no fue más allá. “Que pena no habernos conocido en otro momento”, me dijo y con esa frase la recordé siempre.

Fui siguiendo por los periódicos y revistas de los corazones vendidos, sus dramas y sus penas. Ahora leo que Amparo ha muerto y recuerdo aquello que nos contaban los jesuitas de Francisco de Borja cuando vio el cadáver de la inteligente y bellísima Reina Isabel de Portugal:  “Nunca más servir a un señor que se pueda morir”. Y dejándolo todo, ingresó en la Compañía y dedicó el resto de su vida a servir al prójimo. Recuerdo con ternura los ojos dulces y tristes, acuosos y suplicantes de esta frágil mujer que se tragó la vida. Amparo no tuvo madera de superviviente y se ha ido muy joven, como tantos otros de nuestra generación que se dejaron la piel por el camino no pudiendo encauzar sus enfermizas y lúcidas sensibilidades por caminos de vida, cayendo en la autodestrucción. Cuando desaparece de mi entorno una persona así, les confieso que, como he vivido, me conmuevo. Sic transit gloria mundi.

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