TIEMPOS REVUELTOS

Vivimos tiempos de incertidumbre. La crisis económica zarandeó los pilares del capitalismo y de la sociedad occidental. Conceptos que hienden sus raíces en lo más profundo de la historia y del ser humano, como hombre y mujer, matrimonio e hijos, bien y mal, vida y muerte, amor o interés, religión o superstición, se tambalean convirtiendo la certeza en un terreno pantanoso de difícil tránsito.  La Iglesia Católica no es ajena a esta situación y a veces se confunden las verdades imperecederas con una resistencia al cambio que enroca sus estructuras y las hace rígidas y, en ocasiones, insoportables.

“En tiempos de tribulación no hacer mudanza”, recomendaba el gran santo de Loyola, una de las cabezas más clarividentes que ha tenido la Iglesia. Y lo decía una persona cuya huella ha cambiado, y sigue influyendo, la faz del catolicismo. Ahora va a renovarse la Conferencia Episcopal Española. Los obispos deberán elegir un nuevo presidente que dirija con mano firme y abierta el futuro de la Iglesia en España. El balance del cardenal Rouco, nuestro arzobispo gallego, titular de la sede madrileña, no puede ser más positivo y la pregunta que muchos nos hacemos, desde lo que llamaríamos la base, es la siguiente: en estos momentos en los que las relaciones con el gobierno son aceptables, incluso buenas, a unos meses de la visita del Papa para presidir la Jornada Mundial de la Juventud, en unos tiempos revueltos en los que cualquier mudanza, a no ser las estrictamente necesarias, es posible que no añadan novedad positiva alguna, ¿porqué no continuar con el mismo Presidente de la Conferencia cuya eficacia, inteligencia y flexibilidad están probadas?

Para un observador interesado en los fenómenos religiosos parece un tema poco trascendente, incluso más propio de la política eclesial que de contenidos y mensajes. Es cierto que el cardenal Rouco es hombre frío, muy pegado al derecho –no en vano es un gran jurista- y con profunda formación teológica en autores alemanes, muchos de ellos protestantes. Cuentan que su madre, cuando marchó a estudiar a Alemania, se quedó muy preocupada pues pensaba que su hijo volvería con malas influencias teológicas del protestantismo. Paradójicamente, de quienes siguieron caminos diferentes y se formaron aquí, nuestro cardenal mantiene una fe impoluta y bastantes de sus compañeros fueron dejándola por el camino.

España se encuentra en una encrucijada en la que se necesita serenidad y liderazgo en todos los ámbitos de la vida. No son momentos de grandes cambios sino de colocar cimientos sólidos que aguanten el nuevo edificio económico, social, religioso y político que estamos levantando.

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