LA IGLESIA DE LOS DESHEREDADOS

El otro día, paseando por la basílica de San Pedro y recorriendo los fastuosos palacios de los papas renacentistas, me vino a la memoria esa frase que se suele atribuir a mucha gente: «Roma veduta, la fede perduta». Por el contrario, yo recordaba retazos de los dos mil años de nuestra Iglesia y me afianzaba más en la convicción de que ahora y siempre el cristianismo nació y se desarrollo para llevar la palabra de Dios, expresada en el Pentateuco, a toda la Humanidad, la palabra de consuelo hacia los desheredados, la palabra de amor al prójimo, no importando su condición social, racial, económica o cultural. En suma, la igualdad de todos los seres humanos. Uno de los principios de los ilustrados que configuraron las democracias modernas, «avant la lettre».
Cuando tanto hincapié se hace sobre si la Iglesia solo favorece a los ricos o sobre los curas pedófilos y abusadores, conviene recordar que la inmensa mayoría de los sacerdotes se dedican a administrar el bienestar de los desheredados de la fortuna. Ahí va a parar casi todo el dinero que administra la Iglesia. Según la Memoria de Cáritas de 2009, en el plan de atención a personas en situación de vulnerabilidad, solo en Madrid fueron 14.696 los atendidos a través de 166 proyectos repartidos del siguiente modo: 3.417 menores, 62 jóvenes, 6.714 adultos y 4.152 mayores, el 74% de ellos inmigrantes. Se prestó ayuda a 3.753 personas en situación de exclusión social. Y eso no es todo: el año pasado se acogió a 108.199 personas y se ayudó a encontrar empleo a otras 12.508; se ofreció ayuda médica a 6.750 seres humanos y se prestó servicio jurídico a 1.209 individuos.
En el resto del mundo las cifras de la asistencia de la Iglesia habría que multiplicarlas por mil. ¿Quién da más? Desde luego, nadie; y además, todo lo que hacen Cáritas o Manos Unidas es gratis et amore.

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  1. Juan Pedro opina:

    ¿Qué criterios siguen para gestionar sus recursos? Recuerdo, hace años, mi paso como ferviente voluntario por Manos Unidas, gratis et amore, para ayudar a mitigar el trágico conflicto de los niños soldado en Sierra Leona, cuando quisieron enviarme varios años a sud-América para entrenarme, pero para eso sí que no estaba motivado.

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