EL SENTIDO DE LA VIDA

Mi hija Margaux me dejó hace unos meses un libro –“El hombre en busca de sentido”, de Victor Frankl- que era de esos que quedaron aparcados en la mesita de noche esperando su oportunidad. Me decía con ternura: “Te hará muy bien leerlo”. Pues ya me lo he leído y lo recomiendo a todos aquellos que, en algún momento de su existencia, se han planteado el sentido de la vida y de la muerte, pues todo tiene sentido aunque a veces no sepamos, o no queramos verlo. En el mes de agosto, que paraliza una gran ciudad como Madrid, afloran individuos por las calles que durante el resto del año quedan diluidos entre el paisaje urbano: los desheredados de la fortuna, aquellos que sólo instituciones como “Caritas” acoge y da cobijo, pues, como escribe Frankl: “El hombre puede conservar un reducto de libertad espiritual, de independencia mental, incluso en aquellos crueles estados de tensión psíquica y de indigencia física”.

 

Hoy les brindo este poema de Luis Cernuda, muerto injustamente en el exilio mexicano, para la reflexión veraniega e intemporal: “Si el hombre pudiera decir lo que ama, /  Si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo/ Como una nube de luz; / Si como muros que se derrumban, / Para saludar la verdad erguida en medio, / Pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad de su amor, / La verdad de sí mismo, / Que no se llama gloria, fortuna o ambición, / Sino amor o deseo, / Yo sería aquel que imaginaba; / Aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos/ Proclama ante los hombres la verdad ignorada, /  La verdad de su amor verdadero.”

 

A veces la soledad agosteña nos ofrece la fortuna de mirar lo que antes sólo veíamos: el sentido de la vida que se eterniza más allá de la muerte.

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  1. Juan Pedro opina:

    La actividad contemplativa nos permite mirar más allá. Por cierto ¿dónde está la columna sobre el peripatético telos de la eudaimonia, publicada en ABC?

  2. Rosanna Walls opina:

    Leí “El sentido de la vida” hace años me encantó, es un libro lleno de sensaciones. Describe tan bien la vida en el campo de concentración que me parece de los libros más reales que he vivido. Me provocó sensaciones inolvidables. Como por ejemplo una escena que se me hace inolvidable de ese libro, es cuando el está a la mesa con unos compañeros del campo y a su lado muere uno de estos. Recuerdo como narra el desplazamiento del cadáver. El como describe el sonido del cráneo golpeando los escalones, se me hizo absolutamente sensitivo en su lectura y por el momento imborrable en mi memoria. Muertos todos los cerebros son iguales, incluso el de Einstein.
    Me encanta el contraste de lecturas en un agosto solitario. Tanta realidad vivida por Viktor Frankl y a continuación, las ensoñaciones de Philip k Dick con Blade Runner.
    ¡¡una receta perfecta!!
    Rosanna

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