SALUTACIÓN AL PAPA

Como tantos otros y como Juan Manuel de Prada, mi querido y admirado compañero de periódico, yo también firmé la «Carta de Bienvenida» a vuestra Santidad. De pocas personas en la tierra puede decirse que lleven con dignidad ese título que ostentáis: ¡Santidad! Que hermosas son las palabras cuando se corresponden con la realidad de lo que quieren decir. Después del grandioso pontificado de vuestro predecesor, podíais haber asumido como misión, que no era pequeña, poner en orden su legado, tarea ardua y compleja por la variedad de caminos y posibilidades que abrió para los mil millones de personas —¡se dice pronto!— que nos sentimos dentro de la Iglesia de Roma. Pero asumisteis una misión, además de aquella, mucho más creativa: restaurar la libertad de pensamiento dentro de la Iglesia sin abandonar la ortodoxia; incorporar el platonismo al tomismo aristotélico; denunciar la porquería que anidaba en algunas instituciones eclesiásticas; encauzar un camino fructífero de relaciones entre las tres religiones del libro, especialmente con la judía; apartar fulminantemente a quienes traicionaban sus sagrados deberes como sacerdotes; y abrir los brazos al amor de Cristo, que es un Cristo de vida y no de muerte, mucho más de resurrección que de pasión.
Vendréis pronto, otra vez, a España, un país que ha abandonado sus raíces cristianas plagiando costumbres que no le son propios, un país deshecho por la crisis y que intenta salir a flote con lo que le queda de optimismo, una nación que ha convertido el aborto en un derecho en lugar de asumirlo como una catástrofe. Un país, en fin, cansado, que necesita de vuestro optimismo insuflándonos fe en la vida, esperanza en el futuro y amor hacia nosotros mismos como fundamento de la caridad hacia los demás. ¡Bienvenido, Benedicto XVI!

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