DIOS Y LA CIENCIA

En el colegio en el que estudié el bachillerato, los jesuitas de Sarriá en Barcelona, había un museo de ciencia y una sala para hacer experimentos físicos y químicos, donde un jesuita, el padre Juliá, nos adentraba en los secretos de la ciencia y de la vida humana mostrándonos su extraordinaria belleza. Recuerdo, también, los paseos por la falda del Tibidabo, con el profesor de ciencias naturales que nos enseñaba a distinguir las edades de la tierra y el nombre de los minerales y las piedras. Al lado del colegio se erguía el Instituto Químico de Sarriá, promovido por los mismos jesuitas, donde se formó lo más selecto de la clase empresarial catalana de los años treinta a sesenta, hasta que el Opus Dei, tomando el relevo, lanzando su IESE y la gestión racional y moderna de las empresas.

 

Para mí, ciencia y religión, pues, siempre estuvieron unidas. Y no podría disociarlas, ni siquiera en estos días en que los más apasionantes avances de la ciencia pueden hacernos tambalear nuestras ancestrales creencias. Se dice, con cierta frivolidad y desenfado, que se ha creado en un tubo de ensayo vida artificial, cuando en realidad de lo que estamos hablando es de vida sintética. Carezco de formación para calibrar la grandeza e importancia del experimento. En cualquier caso me parece apasionante. Pero vuelvo a los jesuitas: en esas clases de ciencias, donde se nos mostraban, incluso, aberraciones naturales, como un cabrito disecado con ocho patas o un cordero con dos cabezas, también nos enseñaban las monstruosidades que los nazis habían ensayado con seres humanos. 

 

Me parece muy honesto, pues, que haya sido el propio científico Craig Venter quien haya planteado, al tiempo que daba a conocer su experimento en la revista Science, el problema bioético que se plantea. Y el Vaticano, una vez más, ha estado a la altura de las circunstancias al calificar el logro del científico de “trabajo de ingeniería genética de alto nivel”, aunque precisando, que “no ha creado nueva vida”. Es posible que estemos asistiendo al nacimiento de Frankestain. Si fuese así, habría que enseñar a la nueva criatura a aceptar los designios de Dios, que habita siempre en el territorio del misterio donde la ciencia no alcanza.

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