EN EL NOMBRE DEL PADRE

Antes de ayer fue San José, el paradigma de padre espiritual, del que tan poco sabemos y, pues, mucho imaginamos. Nosotros, la mayoría de mis lectores, somos padres carnales cuyos hijos los tuvimos mayormente en el matrimonio, otros fuera de él, o algunos los hemos adoptado como tales en circunstancias diversas, cada vez más frecuentes.

 

La imagen que tenemos de la figura paterna suele ser directamente proporcional al ejemplo que hemos recibido de nuestros progenitores. De un padre bueno suelen salir hijos buenos. Del exigente, exigentes. Del maltratador, maltratadores. Y del ausente, del que se fue dejando a una mujer embarazada, por ejemplo, suele crecer un niño que, si no encuentra un padre adoptivo o alguien que sustituya esa figura, se educará sin la imagen paterna. Hace unos días conocí a una inteligente y frágil –no débil- mujer que me contaba que ella no tenía icono paterno y que no sabía cómo podía trasmitírselo a su hija, pues el padre de la niña las abandonó estando ella embarazada. La vida depara, a veces, estas desoladoras situaciones. Me contó como era su relación con la pequeña y me di cuenta en seguida que como había tan grande amor, ella lo supliría como mejor supiera o pudiese.

 

La figura del padre está, sin duda, devaluada. La militancia feminista, esa necedad que ahora pretende colocar la ignorancia del ministerio de Igualdad como asignatura troncal, ha hecho el resto. Y la sociedad hemos tragado toda esa bazofia como si tal cosa. Desde perspectiva muy diferente, Alfa y Omega titulaba un artículo de Jesús Colina sobre el matrimonio con un “Que sólo la muerte los separe” ¡Si fuese tan fácil, querido Jesús! Pero coincidimos sin reservas en lo esencial: abdicar de la paternidad, algo cada vez más frecuente, es una de las mayores irresponsabilidades que se pueden cometer. Sean cuales sean las circunstancias de cada uno, el nombre del padre, y lo que se hace en el nombre del padre, es insustituible.

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  1. Juan Pedro opina:

    Esta es mi desdicha,
    En la libertad fui sin ventura.
    Se me arrancó a mi hijo
    Y muerto como padre fui
    En esa mi larga odisea
    Que me llevó, indefectiblemente,
    A la peripatética Ítaca
    De la eudaimonia aristotélica.

  2. cipriano opina:

    Me quedé sin madre muy niño. Dios la tenga en la gloria. Mi padre, humilde pescador, trabajó incansable y pensó siempre que sus dos hijos merecían una vida mejor. Todavía vive, respira, se ríe, se preocupa por nosotros y no deja de querer a su esposa. Me inculcó que la familia es la vida. Aún susurra que nos quiere.

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