EL FACTOR RELIGIOSO

Cuando desde el universo filosófico –y aún teológico- se daba como un hecho incontestable que las ideologías y el psicoanálisis habían mordido mortalmente la religión, a principios de los noventa, mi hermano, el filósofo Eugenio Trias, advirtió, desde su obra esencial La edad del espíritu, sobre la importancia que tendría en el futuro de la humanidad, como siempre la tuvo, las creencias religiosas manifestadas en una especie de “odisea del espíritu”. Acabo de leer la comunicación que presentó al Pleno de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación el profesor Rafael Navarro Valls sobre El factor religioso en las últimas elecciones presidenciales de la administración Obama. Ello unido a la impresión que me produjo el “Desayuno Nacional de la Oración”, al cual asistí en Washington la semana pasada y en el que intervino nuestro presidente Zapatero me induce a formular este escueto comentario.

 

¿La religión es algo puramente formal o está inscrita en lo más profundo de nuestro espíritu? La constitución de los Estados Unidos, y la propia existencia de ese país, sería impensable sin la herencia del legado bíblico. Las apelaciones a Dios de los padres fundadores así lo atestiguan. Toqueville ya lo decía: no puede entenderse la existencia de esa nación, ni la misma revolución americana, separándolas de las creencias religiosas. Hillary Clinton, recuerda el profesor Navarro Valls, frecuenta más su iglesia metodista que el propio George W. Bush. Y el vicepresidente Biden ha confesado que siempre lleva un rosario en el bolsillo.

 

En nuestro país, en el laicista PSOE, militan algunas de las personas más próximas a Zapatero que se confiesan –y no hay porqué no creerles- como convencidos católicos: Francisco Vazquez, Bono o Moratinos son algunos ejemplos. Más del 70 % de los americanos sostienen que la religión en sus hogares ha fortalecido las relaciones familiares. ¿Qué haríamos, pues, si metiésemos el espíritu –como algunos insensatos pretenden- en el pozo de la materia?

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