LA GRAN FAMILIA

En estos días, entrañables para la gran mayoría, me viene siempre, cada año, de modo recurrente a la memoria, aquella película dirigida por Fernando Palacios, guión de Pedro Masó y protagonizada por Alberto Closas, Amparo Soler Leal, Pepe Isbert y José Luis López Vázquez en la que el pequeño «Chencho» se nos perdía en la Plaza Mayor, en medio del gentío, los pesebres y las figuras navideñas, y era acogido por una familia que no tenía hijos y que se resistía a devolver al niño. Hoy son excepcionales las familias numerosas como aquéllas; entonces las familias con más de cinco o seis hijos estaban al cabo de la calle en todas las clases sociales en España.

 

Todos sabemos de qué hablamos cuando lo hacemos de la familia; y cuando decimos que habría que protegerla e incentivar su crecimiento, también todos sabemos a lo que nos referimos. Luego, por extensión, hemos hablado de familia refiriéndonos a pequeñas o grandes agrupaciones. Pero la familia, con un padre y una madre y los hijos, es lo que es, se pongan como se pongan quienes quieren introducir otro tipo de combinaciones que nada tienen que ver con el concepto de matrimonio y de familia.

 

Podríamos tener una relación profunda y sincera con una persona de nuestro mismo sexo o, incluso, complicando algo más las combinaciones posibles, otro tipo de uniones, pero, ¿son esas uniones una familia por más estabilidad y juridicidad que se las quiera otorgar? Yo creo que no, y pienso que aunque exista el matrimonio homosexual como una posibilidad legal en determinados países como el nuestro, esas uniones no son equiparables a las de un hombre y una mujer.

 

Uno de los errores políticos más grandes que ha cometido Zapatero en las dos legislaturas que lleva gobernando, no ha sido su ignorancia sobre la gravedad del fenómeno de la crisis económica, sino la de tratar de imponer unos modelos sociales que no aceptan, por lo menos, más de la mitad de la sociedad española. Si casi tres cuartas partes de los encuestados por el CIS sostienen que se consideran católicos, aunque no practicantes muchos de ellos; si la inmensa mayoría considera la familia tradicional como una de las instituciones más valoradas; si, muchos o pocos, los padres consideramos que nuestros hijos deberían recibir una educación moderna y liberal, pero no extravagante, ¿a qué viene esta marea de despropósitos con la que quiere anegarnos este postsocialismo de opereta?

La misa de ayer en la Plaza de Lima estuvo cargada de sensatez y sabiduría, la sensatez y sabiduría que puede ofrecer una institución -la Iglesia Católica- forjada en el yunque de dos mil años de historia y de múltiples errores y mixtificaciones. Hoy el catolicismo personificado en la figura del Papa de Roma representa la apertura y el abrazo a todas las religiones, especialmente la judía, de cuyas sagradas fuentes procede el cristianismo. A lo mejor la misa de ayer sirve como punto de partida para una recapacitación común entre creyentes y no creyentes, conservadores y liberales, progresistas y tradicionalistas, para retornar a la sensatez y volver a un diálogo de donde debería salir un modelo de familia que pudiese ser aceptado por la inmensa mayoría.

 

No me escandalizan las uniones homosexuales. En cambio sí creo que es un verdadero escándalo la conversión del aborto en un derecho equiparable a la defensa de la vida. Eso, si no se rectifica, lo acabaremos pagando caro. Pero como somos una sociedad acostumbrada a mirar hacia otro lado cuando tiene ante sí un problema, habrá que esperar a que se desborde el problema para que nos demos cuenta de la catástrofe.

 

Estamos ante una saga de políticos -las memorias de Pujol son el paradigma de lo que afirmo- acostumbrados a elevar la anécdota a categoría. Y el resultado es que hemos conseguido hacer una sociedad sin categorías éticas ni morales, una sociedad banal que se mueve por los impulsos de una sonrisa, de una encuesta o de la última ocurrencia del líder -político, mediático o social- de turno. Pero, en fin, nuestra historia es como la del cuento de que viene el lobo. Un día, en silencio, sin darnos cuenta, por la puerta de atrás, astutamente, se habrá metido en nuestras casas.

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