CRUCIFIJOS Y MINARTES

Las espeluznantes imágenes de la lapidación de un delincuente sexual en Somalia, así como los cien latigazos que le propinaron a una joven por haber mantenido relaciones sexuales siendo soltera, gracias a cuya soltería, afortunadamente, se libró de la muerte, es a lo que conduce la aplicación de la ley islámica, que pretende imponer en el mundo la inmensa mayoría del clero musulmán. Es como si hubiésemos retrocedido a los tiempos de Cristo. Ahora podemos comprender el escándalo que producía que Jesús tendiese la mano a proscritos y prostitutas. ¿Se imaginan a un Imán interponiéndose entre los salvajes apedreadores y la víctima de tan brutal castigo? Yo no. Es inimaginable.

 

Aunque no se pueda generalizar, el Islam que impera hoy en el mundo es una concepción teocrática brutal, contraria a los más elementales derechos humanos, ignorante de la historia -incluida la propia- que es interpretada por un modo procedente de Arabia, que se va extendiendo por el mundo de la mano del dinero extraído de sus pozos petrolíferos. Y nosotros, en Europa, nos metemos en una estúpida controversia, provocada por una izquierda laicista, sobre si los crucifijos deben presidir o no las escuelas públicas. ¡Pues claro que deben presidirlas, aunque sea sólo por una mera cuestión de supervivencia!

                                                                                                         

Una cosa es defender a los inmigrantes, como hace con acierto el cardenal de Milán, y otra sucumbir a sus arcaizantes pretensiones religiosas. Una cosa es la tolerancia del culto islámico, y otra que sus radicales clérigos se dediquen a hacer proselitismo político desde sus mezquitas y minaretes. Europa debería aplicar la reciprocidad, es decir, no admitir financiación de países en los que no existe libertad religiosa, como son casi todas las naciones islámicas. Europa, o reconoce abiertamente sus raíces bíblicas judías y el cristianismo, o no será. A base de laicismo buenista, la calidad de los derechos humanos irá languideciendo.

 

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