RELIGIÓN Y POLÍTICA

La cuestión que aflora en todas las intervenciones de los congresos “Católicos y Vida Pública”, cuya XI edición inició ayer sus sesiones, es tan simple como ésta: La política y la religión, ¿son dos realidades diferenciadas y, a veces, incluso incompatibles? Un creyente, ¿puede separar sus convicciones de la política? La Ley positiva, cuya máxima expresión sería la Constitución, ¿está por encima de las creencias religiosas y a ella debe supeditarse incluso la fe?

 

Mateo Leví –el apóstol San Mateo, para entendernos- cuenta que en cierta ocasión le preguntaron al Maestro si era lícito pagar tributo al César. Entonces, Jesucristo pidió que le mostrasen una moneda y respondió, resumiendo la Ley antigua,  con estas sabias palabras: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. He aquí una lección perfecta  sobre las relaciones entre política y religión: Dios es la ley última, la de los diez mandamientos, la que está por encima de todo y de todos, lo inmutable e imperecedero, la ley mosaica que el cristianismo, junto con las bienaventuranzas, ofrece a toda la humanidad. La vida y la muerte, la familia, la dignidad de la persona humana, el respeto mutuo… y así hasta completar el decálogo, están por encima de las leyes humanas. A partir de ahí, cualquier ley, en sentido político, es aceptable y cuestionable.

 

Algo tan sencillo, y a la vez tan complejo, es lo que estamos discutiendo, una año más, en este Congreso. El cardenal alemán Paul J. Cordes ofreció una lección de teología política: “El sentido de la política es establecer la paz y preservarla. Porque sólo en la paz la vida humana puede encontrar el más alto cumplimiento, la felicidad, que es según el filósofo creyente Santo Tomás, la contemplación de la verdad”. Y el cardenal Rouco Varela planteó la incuestionable naturaleza pre política de determinados derechos fundamentales. La religión y la política no son, pues, realidades contrapuestas sino complementarias.

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