ALEGORÍA DE LA VIRTUD (Colegio Mayor Moncloa, 21 de Octubre de 2009)

Enfilamos el Paseo del Prado y tenemos intención de entrar en el Museo de pinturas, como en tantas y tantas ocasiones, pero esta vez por la llamada puerta de Murillo, que está frente al Jardín Botánico. Tanto el Jardín como el Museo fueron hechos por el mismo arquitecto, Juan de Villanueva, y se trata de un edificio que resalta por su sólida sencillez.

 

Ese día, quizás debido al otoñal y suave clima de este año, me quede mirando la estatua sedente de Velázquez, obra del escultor segoviano Aniceto Marinas, el mismo que hizo la estatua de Alfonso XII del parque del Retiro y el emblemático Sagrado Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles.

 

Mi vista, de repente, se fue un poco más atrás y se quedó fija en las estatuas que se encuentran situadas en unas hornacinas, pegadas a la fachada principal del Museo del Prado, esa precisamente en la que se encuentra, como adelantado y frente a la enorme puerta principal, Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, sentado, luciendo la Cruz de Santiago y con espada, atributos ambos que nos muestra el escultor para denotar la noble condición del pintor real.

 

Esas doce estatuas de mármol blanco, esculpidas algunas de ellas, cuatro para ser más exactos, y diseñadas todas, por el escultor de Cámara de Fernando VII, el toledano Don Valeriano de Salvatierra (1788-1836), pretendían ser –y lo son- una alegoría “de las virtudes y circunstancias capaces de promover la erección de tan magnífico edificio”.

 

Salvatierra, inspirándose para la ejecución de sus obras en Canova, al que conoció en Roma, pretendió explicar, a través de esas esculturas, cómo había surgido este esplendido edificio del arquitecto Villanueva que iba a albergar una de las colecciones de pintura más asombrosas del mundo. Así, el museo de pinturas, nos cuenta en imágenes el escultor, se había podido lograr gracias a la paz conseguida por el Rey Fernando VII, después de una espantosa guerra contra el francés, acompañada de la fertilidad y de la magnificencia, y apoyadas todas esas virtudes por la de la constancia. He ahí las primeras virtudes: Paz, Fertilidad, Magnificencia y Constancia. Sin ellas, hoy no existiría este museo que tanto admiramos y gozamos.

 

Luego se representó la inmortalidad de la fábrica del edificio, es decir su perdurabilidad. Y, también, el genio de la arquitectura, la novedad, la simetría y la euritmia, potencias y facultades que todas ellas juntas posibilitaron la construcción de tan bello edificio y su final consecución como Museo de pintura y escultura. A aquellas virtudes –paz, fertilidad, magnificencia y constancia- se le unen ahora en forma de estatuas las siguientes potencias y habilidades: Arquitectura, Novedad, Simetría y Euritmia.

 

Por último, se quiso también representar la victoria del esfuerzo sobre la desidia, la fama y la inmortalidad sobre el olvido; y la fortaleza sobre la debilidad.

 

De la idea inicial a lo que hoy vemos hay algunas diferencias pero no las sustanciales. La primera fotografía de esa fachada del Museo del Prado es de 1863 y, desde entonces, se encuentran estas esculturas emblemáticas en el estado y situación que hoy podemos admirar y por el siguiente orden viniendo desde la plaza de Neptuno y caminando hacia el Jardín Botánico: Victoria, Arquitectura, Fama, Inmortalidad, Admiración, Constancia, Magnificencia, Simetría, Fertilidad, Paz, Euritmia y Fortaleza. Doce estatuas, todas ellas femeninas, que representan doce virtudes y facultades gracias a las cuales hoy tenemos y podemos admirar este Museo del Prado que contiene piezas pictóricas y escultóricas de una belleza  que nos deja enmudecidos. Ahora, además, desde hace unos días se ha abierto al público unas nuevas salas que agrupan, entre otras obras, la pintura histórica española del siglo XIX.

 

Unas estatuas que, siempre que paso delante de ellas, me hacen pensar en lo que puede conseguirse con imaginación y esfuerzo. Estatuas que constituyen una auténtica alegoría racionalista de la virtud.

 

Casi siempre, cuando nos referimos al Museo del Prado lo hacemos fijándonos en su contenido, pero no en todo aquello que posibilitó que lo albergase, el continente que, como la virtud en general o las virtudes en particular, apenas se percibe pero que son necesarias para la consecución de cualquier gran obra.

 

Pues nuestras vidas son como un edificio en construcción, como, en el mejor de los casos, el de Juan de Villanueva, en el que vamos albergando aquellas pequeñas o grandes obras que al final caracterizarán nuestra particular personalidad.

 

Fijémonos hoy, pues, como en mi caminata del otro día por el Paseo del Prado, en nuestros continentes. El contenido, y sobre todo vosotros cuya vida adulta acabáis de comenzar, lo iréis colocando y colgando a lo largo de los días y de los años. Pero, como en el Museo del Prado, lo importante, para albergar buenas obras, consistentes y de calidad, es tener una fábrica bien construida. Y para concluir una buena construcción son necesarias esas virtudes y facultades que, de forma alegórica, están representadas en la fachada de nuestro gran Museo.

 

Hablemos, entonces, de la Virtud y de su representación. Cuando imaginamos la Democracia, por ejemplo, nos viene de inmediato a la cabeza los tres grandes principios que la conformaron –libertad, igualdad, fraternidad- y los atribuimos a la Revolución Francesa o a la Revolución Americana y el proceso de independencia de los Estados Unidos. Una lectura de “La Democracia en América” de Alexis de Toqueville nos ayudaría a comprender todo ese proceso.

 

Pero si tratamos de buscar el origen de esos bellos conceptos –libertad, igualdad, fraternidad- nos encontraremos con la sorpresa de que su origen, diga lo que diga Saramago, se articula en el cristianismo y que ya están esbozados, muchos de sus contenidos, en la tradición bíblica y judía. Sólo desde la bárbara ignorancia se puede afirmar algo tan alejado de la realidad como eso de que “sin la Biblia seríamos otras persona, seguramente mejores”.

 

El hombre es un ser libre, nos dice el cristianismo, un ser libre que puede elegir el camino del bien o la senda del mal.

 

Los hombres y las mujeres somos iguales y tenemos los mismos derechos, y eso ya se escribió en el libro del Génesis, casi dos mil años antes del nacimiento de Jesucristo: No podía haber hombre sin mujer, no podía haber mujer sin hombre. Eran iguales y complementarios.

 

Y, por último, la fraternidad, la “caritas” romana, la caridad cristiana, el amor como concepto universal, quedan sintetizados en el mandamiento esencial de amarse unos a otros.

 

Todo parece muy simple, igual de sencillo y fácil que para las manos del artista resulta esculpir un pedazo de mármol y darle una forma que convierta una masa sin forma en algo ordenado y admirable a nuestros ojos. Pero para construir esos continentes, que es lo que son nuestras vidas, hace falta todas y cada una de esas virtudes, habilidades y facultades, que podemos admirar de manera alegórica en la fachada principal del Museo del Prado. Os invito a que paseéis por ahí y, mirando y admirando esas esculturas, no sólo veamos la belleza de la representación, sino el verdadero significado de esas alegorías.

 

Prosigamos nuestro paseo, giremos por la esquina del Botánico, subamos un poco hacia arriba por la calle Espalter, y tomemos, finalmente, a la izquierda, por la calle de Ruiz de Alarcón, el escritor de obras inmortales como “Quien mal anda, mal acaba” o “Las paredes oyen”, hasta llegar a la iglesia del antiguo monasterio de San Jerónimo el Real, que está situado en lo alto de lo que antes se llamó el Prado Viejo y que se encuentra ahí desde 1503, cuando reinaban en España los Reyes Católicos.

 

Ahí, en esa Iglesia, han jurado los príncipes de Asturias como herederos de la Corona desde Felipe II hasta la Reina Isabel II. Y el último acto de trascendencia histórica que albergaron sus muros, fue la misa por el comienzo del reinado de Don Juan Carlos I que ofició el cardenal Tarancón el 27 de noviembre de 1975.

 

Y puesto que estamos frente a una iglesia, con la historia que este edificio acumula, hablemos un poco de la Iglesia, con mayúscula, esa institución que se fundó sobre la doctrina de Jesucristo y que tuvo a Pedro como primer Papa de Roma, Iglesia que ha tenido una historia muy larga y que ha atravesado a lo largo de los siglos por situaciones críticas y de gran confusión, pero que siempre ha permanecido fiel a lo fundamental que ha intentado inculcar a todos los hombre y, muy especialmente, a quienes nos llamamos cristianos.

 

La Iglesia, nuestra Iglesia Católica, ha intentado siempre inculcarnos la Virtud, a veces, es cierto, con poco convencimiento, porque dentro de su propio seno se practicaba poco la Virtud. Pero siempre ha tenido como norte la práctica de esas virtudes que nos enseñaron desde pequeños en todas las épocas, con unas u otras palabras. Por un lado las virtudes teologales –fe, esperanza y caridad- y, por otro, las llamadas virtudes cardinales –prudencia, justicia, fortaleza y templanza- sobre las que me voy a referir a continuación y que constituyen el compendio, el tuétano, la sangre, el nervio, de cualquier actuación humana afortunada.

 

Cualquier ser humano, de cualquier condición social, sexo, religión o raza, que actúe guiado por esos cuatro principios rectores, tan parecidos, algunos de ellos, incluso, con los mismos nombres, a las alegóricas esculturas de la fachada principal de nuestro gran museo, obtendrá el beneficio de la felicidad y del éxito a lo largo de su vida. ¡Qué sencillo parece, y qué complicada resulta su práctica!

 

Actuar con prudencia no se contrapone a la audacia, cualidad necesaria para cualquier obra grande, sino que es su complemento, esa virtud que conduce inexorablemente al éxito. La prudencia compensa y modera la acción y la hace constructiva y responsable. “El hombre cauto medita sus pasos”, dice el proverbio.

 

Obrar con criterios de justicia supone actuar desde el equilibrio, sabiendo discernir, desde el dictado de la recta razón, entre lo que es bueno y lo que no lo es. La opinión justa no significa, pues, la opinión relativista, la del que se lava las manos sin pronunciarse. La justicia significa inclinar la balanza poniendo las pesas en el platillo de la Verdad.

 

La fortaleza es una virtud del carácter, la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Gracias a ella nos crecemos en las dificultades y en épocas de tribulación e inestabilidad como la que atravesamos nos ayuda a superarlas e, incluso, a salir de ellas con muchos más recursos.

 

Y, por último, la templanza, una virtud cuya práctica resulta compleja pues son demasiadas las llamadas que, en todos los tiempos y en todas las edades del hombre, aparecen por todas partes, como cantos de sirena, tentando al navegante que, igual que Ulises, pretende llegar a su particular Itaca. Es muy fácil, y os lo digo desde mi propia experiencia, seguir la pasión del corazón. Pero muy difícil saber discernir lo pasajero de lo permanente.

 

En fin, quizás resulte sencillo desde la atalaya de una vida ya hecha hablar, aunque sea alegóricamente, de todo esto. Se lo difícil que resulta para un corazón joven, como los vuestros, la práctica de la virtud. Pero sí os puedo decir que sólo cuando se practica salen de nuestras fábricas humanas las grandes obras maestras, como esos increíbles cuadros y esculturas que alberga el Prado, obras maestras que llenarán de belleza y de bienestar nuestra existencia.

 

No debemos preocuparnos, aunque sí ocuparnos, por las malas pinceladas, esas que a veces no se borran jamás del lienzo. Hasta obras maestras como los retratos de Isabel de Francia o del Rey Felipe IV pintados, nada menos, que por Velázquez tienen de esas pinceladas, rectificaciones se llaman, que luego quedan ahí como marcas indelebles.

 

¿Y quién no comete errores a lo largo de una vida? ¿Quién frente a la prudencia no actúa alguna vez con temeridad? ¿Quién frente a la justicia no comete alguna o muchas veces actos arbitrarios? ¿Quién en lugar de ser fuerte se deja llevar en ocasiones por la facilidad? ¿Y quién, por último, no se ve arrastrado en ocasiones, sin poderlo o quererlo evitar por la corriente que baja por la pendiente hacia la comodidad? Como decía el poeta, “qué difícil es cuando todo baja, no bajar también”.

 

Ahora estamos viviendo, especialmente en España, una situación delicada, un cambio de paradigma sin que sepamos, todavía, a dónde nos vamos a dirigir. Un orden mundial que había funcionado, más o menos, desde el final de la II Guerra Mundial, se ha caído. Hemos sufrido un terremoto social; es cierto que lo peor ya ha pasado, pero ahora quedan las ruinas de un mundo que debemos reconstruir. Y lo peor de ese terremoto no es la crisis económica que hemos padecido sino el derrumbe de los valores morales. El esfuerzo, la voluntad, la prudencia, la justicia, la templanza, cada una de esas virtudes, facultades y habilidades que, combinadas, propiciaron el levantamiento de ese Museo que nos está acompañando en esta alegoría de esta tarde otoñal, parece que fueron perdiendo sentido durante los últimos años.

 

Había que vivir rápidamente, ganar dinero sin freno, estar rodeados de placeres, olvidarnos de los que sufrían, arrinconar a los viejos, deshacerse de las vidas incómodas sin tener la mala conciencia de cometer un delito. Así hemos ido cambiando el nombre de las cosas más elementales. El aborto se llama ahora IVE; la muerte inducida, nada menos que eutanasia; a los embriones sobre los que queremos investigar manipulándolos, los llamamos preembriones. Y así, cambiando la denominación de las cosas, nos quedamos tan tranquilos. Pero igual que la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero, como decía Juan de Mairena, la Virtud, también. La Virtud es la prudencia, la Virtud es la justicia, la Virtud es la fortaleza y la Virtud es la templanza.

 

Cuando llegué en el año 1996 al Congreso de los Diputados sentí una enorme emoción. Mi primera intervención fue un debate que mantuve con un antiguo profesor mio, el profesor Solé Tura, que luego llegó a ser ministro de Cultura. Hablábamos de la transparencia política y me referí a la dialéctica entre romanticismo y clasicismo. Me pronuncié a favor de la claridad, de la luz clásica. “Frente a la oscuridad romántica –dije- me inclino por la luz del espíritu clásico. En una palabra, la luz de Apolo frente a la borrachera –muchas veces borrachera de poder o de placer- de los hijos de Dionisos”.

 

El romanticismo ha dado frutos extraordinarios pero siempre fugaces. Los poetas malditos franceses son, para mí, la expresión más brillante y patética de esa forma de creatividad. La solidez, en cambio, lo que perdura, la continuidad, sólo se encuentra cuando se practican todas esas virtudes cuya representación podemos admirar en la fachada principal del Museo del Prado o en el espíritu interior del más emblemático templo madrileño, el de San Jerónimo el Real. En ese ejemplo de virtud tendríamos que mirarnos para hacer algo, grande o pequeño, de nuestras vidas.

 

Quisiera, para terminar esta alegoría, referirme al ejemplo, ese espejo en el que mirarse y al que me estoy refiriendo esta tarde. Ese ejemplo que, como sugiere el brillante filósofo Javier Gomá, sea un buen sustituto de los argumentos de fuerza que, desde luego, ya no tienen el vigor que en otros tiempos tuvieron, al menos en sociedades desarrolladas como la nuestra. Según el filósofo, no hay que soñar con volver a las épocas aristocráticas de desprecio de la vulgaridad. “La cultura occidental de los últimos siglos ha sido de liberación, pero esa lucha ya ha terminado y el problema no es tanto ampliar la libertad sino cómo hacer uso cívico y responsable de ella”.

 

Ejemplo, libertad, derechos, obligaciones, Virtud, en suma, ha aquí la cuestión.

 

 

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  1. Juan Pedro opina:

    Grandes verdades, como que soy prudencia, justicia, fortaleza y templanza, como en la ética a Nicómaco, y cautivo de una circe en una odisea homérica, largo periplo y catarsis temporal, que me llevó indefectiblemente a la peripatética Ítaca de la eudaimonia aristotélica.

  2. Donatien Martinez-Labegerie opina:

    Buen trabajo, sr. Trias. Sin embargo no estoy tan seguro de indentificar la virtud con el pasado y la degeneración con nuestro presente, por muy mejorable que sea. Es normal que en una época de transición y cambio se produzcan excesos, pero seguro que al final el proceso es para llegar a una situación mejor. No olvide que la explotación del hombre por su condición social, sea cual fuera esta, ha sido algo normal hasta hace bien poco, y que si ahora no lo es tanto en al menos una parte del mundo, lo es gracias a esa evolución producida a riesgo de subvertir los “valores morales”.

    Un saludo,

    Donatien

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