“¡MAJESTAD: SOBRE TODO, ESPAÑA!”

Arrodillado junto al lecho de muerte del Rey Alfonso XIII, fue el último mandato que recibió Don Juan de Borbón, hijo del Rey, heredero de una corona que nunca llegó a llevar pero que transmitió a su hijo, Don Juan Carlos. Cuando Don Juan renunció a sus derechos, ese fue, también, el difícil legado que le entregó: “¡Majestad, por España, todo por España”.

 

Una Nación, la nuestra, cuyo himno carece de letra comúnmente aceptada; cuya existencia es cuestionada por poderosos partidos nacionalistas; cuyo presidente llego a decir, en un rasgo sin precedentes, que el concepto de nación era muy discutible. Y una nación, en suma, cuyo Tribunal Constitucional languidece sin ser capaz de ordenar el sistema constitucional de 1978.

 

A veces nos preguntamos por qué se cuestiona a España desde el mismo tuétano de las instituciones y nos quedamos perplejos. No se trata de volver a la cuestión de si España es una realidad histórica o un enigma indescifrable, no, hoy España ya no esa nación miserable, ayer dominadora que, envuelta en sus andrajos, desprecia cuanto ignora, como lírica y trágicamente recordaba el poeta. Ni tampoco es ese país sobre el que fabuló la llamada generación del noventa y ocho, esa España que no les gustaba nada. Hoy, España y la hispanidad, incluso con la crisis económica a cuestas –aunque con el dividendo de Telefónica- es una de las potencias culturales más influyentes del mundo. Y esto se ha construido desde 1978.

 

Podremos tener un himno sin letra, unos partidos nacionalistas separadores, desorden institucional y crisis económica, pero hay algo que no pasa, cuyo legado recibió arrodillado Don Juan de Alfonso XIII y Don Juan Carlos de Don Juan, que ha sabido recoger la herencia liberal y progresista, conservadora y católica, plural en suma, de nuestra tradición: la España, o la hispanidad si se prefiere, de la monarquía en la que nos vemos y reconocemos.

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