EN EL FUNERAL DE “PEPE”

El viernes, a las siete de la tarde, en la parroquia Santa Irene de Vallecas, ahí por donde acampaba el padre Llanos, nos congregamos los amigos y familiares de José Jiménez de Parga, “Pepe”, el orondo, siempre feliz y brillante abogado de CC.OO y de los desheredados de la fortuna que después han venido, que murió el martes pasado en Madrid. La misa funeral, con cantos, guitarras y parafernalia “progre”, me sorprendió, en cambio, por su ortodoxia y dignidad. Eso no era una merienda, sino una oración en la que ricos y pobres, creyentes y visitantes, españoles e inmigrantes, elevaban, cada uno a su modo, pero todos en torno a la figura grandiosa de Jesucristo, en recuerdo por el amigo muerto.

 

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, decía el poeta. “Pepe”, el buen cristiano, siempre dispuesto a ayudar al débil, al sin papeles, al parado, a la maltratada, al desgraciado, también quería, sobre todo, a los de su estirpe, y sabía vivir de la buena mesa, disfrutar de un vino generoso, amar el ocio y la conversación. Hace ya muchos años lo conocí en Barcelona, había venido a visitar a sus hermanos, Manuel y Rafael, con quienes comencé mi singladura profesional. Era muy distinto de ellos, pero tenía algo en común: la generosidad. Y esa mezcla de gracia y sobriedad, Andalucía en estado puro, que sólo se da en Granada, de donde proceden los Jiménez de Parga.

 

Todo quedó en familia la otra tarde, la iglesia abarrotada. La misa fue oficiada por Carlos, hermano de José, sacerdote de aquellos que se metían en el barro hasta las rodillas. El mensaje de ese viernes otoñal fue simple y, como todo lo simple, casi, casi, inabarcable: la sagrada trilogía –fe, esperanza y caridad- son pilares inmutables que, se interpreten como se quiera, sostienen al hombre sobre la tierra proyectándolo hacia la eternidad.

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