LA MORAL Y EL DERECHO

Tenía razón Juan Manuel de Prada cuando planteaba el lunes pasado en “el ángulo oscuro” algo que hoy está tan cubierta de polvo como el arpa bequeriana: la virtud de la justicia, ese faro que ilumina la navegación de la ley para que no zozobre, como una goleta a la deriva, y acabe estampándose contra las rocas de la historia. Interpretar las leyes sólo desde el espíritu de la letra de la ley, y no de acuerdo con la ley de Dios o de la ley natural, como recordó el cardenal Rouco Varela en la misa de clausura del I Congreso de Juristas Católicos organizado por la Asociación Católica de Propagandistas, nos puede conducir, como una consecuencia lógica, al naufragio moral que, como se sabe, conduce siempre, de manera inexorable, al hundimiento material.

 

En ese mismo Congreso, el jurista Silverio Nieto proponía reencontrarnos con el fundamento auténtico del derecho, para sustraerlo de la arbitrariedad del uso político, como único modo de defender la dignidad de la persona. El profesor Ollero recordaba, también, que incluso los máximos exponentes del positivismo jurídico actual –Rawls o Habermas-, anonadados tras las experiencias funestas del nacionalsocialismo y del comunismo, admiten que la moral no puede ser ajena al derecho. Y otro filósofo del derecho, Sánchez Cámara, alertaba del intento de trasformación de la sociedad española a golpe de experimentos legislativos.

 

El Dictamen del Consejo de Estado sobre la ley del aborto, que tanto revuelo ha armado y cuya dignidad defendí el domingo pasado en esta misma columna, es cierto que carece de perspectiva moral. Y son precisamente esos presupuestos morales los que se echan de menos en el Dictamen, impecable desde el punto de vista jurídico formal, pero sin nervadura moral. Cuando se discute sobre la vida humana –desde el instante de la concepción hasta la muerte- no pueden dejarse de lado los criterios morales, pues entonces aparecen leyes injustas como la que ahora pretende aprobarse..

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