EL DESMADRE RELIGIOSO

En cierta ocasión, un rabino me comentaba que echaba de menos en el judaísmo esa unidad doctrinal que tenemos los católicos. Sostenía que la dispersión conducía, inexorablemente, a la desaparición, ahogados en un mar de dudas o de infinitas posibilidades interpretativas. En realidad, le respondí, perviven las creencias más fuertes que acaban tragándose a las más débiles o inmaduras teológicamente. De hecho, le dije, el judaísmo llevaba más de cuatro mil años sobre la tierra y había sido el fundamento de las dos grandes religiones, el cristianismo y el islamismo. Para ser una religión no unitaria, y en la que cabían múltiples interpretaciones doctrinales, la cosa no estaba mal.

 

No. El problema religioso surge cuando se relacionan Dios y el César. Los gobiernos quieren conocer a Dios, y eso es difícil de materializar. Ahora, cuando en España se planteará la reforma de la Ley de Libertad Religiosa, ¿a quién llamará al convite la dirección general de Relaciones con las Confesiones? En el caso de la Iglesia Católica, que es la mayoritaria y que constitucionalmente debe tener un trato especial, está claro. Las Comunidades Judías tampoco ofrecen problema alguno puesto que están agrupadas en torno a la Federación de Comunidades Israelitas de España para relacionarse con el Estado. Pero el problema surge con algunas comunidades cristianas y, sobre todo, con las islámicas. Como informaba ayer este diario, el Islam se encuentra aquí dividido, enfrentado y peleado y sin que exista una autoridad religiosa capaz de poner orden entre ellos.

 

Dentro del catolicismo, y también entre las distintas confesiones judías, hay muchas tendencias, algunas incluso parecen irreconciliables. Pero el Estado sabe que la voz del presidente de la Conferencia Episcopal es única y representa a la Iglesia Católica. Lo mismo ocurre con el presidente de la Federación de Comunidades Israelitas. En el Islam, en cambio, no saben distinguir entre Dios y el César.

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