LA MUERTE DE UN CATÓLICO

Para muchos de nosotros, jovencísimos inquietos en los años nervosos de la Transición, cuando un Régimen se moría y no sabíamos, todavía, qué era lo que iba a nacer después, Ruiz-Giménez fue el espejo donde mirarnos. Recuerdo a mi padre, otro franquista evolucionado que cultivó su amistad y que murió hace ahora cuarenta años, que hablaba siempre con profundo respeto de Joaquín Ruiz-Giménez, y el agrado que sentía cuando le cogía de su despacho la revista “Cuadernos” para leer sus contenidos. Para una buena parte de católicos, de dentro y fuera del franquismo, el Concilio Vaticano II fue un viento de frescura –y también de convulsión- que se llevó mucha hipocresía por delante.

 

El calificativo, pues, de César Alonso de los Ríos en estas páginas, de “grandioso”, no es escaso al aplicárselo a Ruiz-Giménez. César era, entonces, al frente efectivo de la revista “Triunfo”, el catalizador de las ideas de la izquierda; y Ruiz-Giménez, con sus “Cuadernos”, representaba al catolicismo comprometido con el Concilio y la incipiente “doctrina social de la Iglesia”. En estos días se han sumado al elogio casi todo el mundo sin excepción. Igual que Ullastres y López-Rodó colocaron, en lo económico, las bases de la democracia política, Ruiz-Giménez, y luego Tarancón, hicieron ver a un país eminentemente católico, que sus ideas religiosas no estaban reñidas, sino todo lo contrario, con la libertad. T Carrillo, también, cumplió con su deber.

 

Suárez comenzó bien su singladura al rodearse de los discípulos conservadores de Ruiz-Giménez. Su final fue un desastre. De aquellos colaboradores que giraron entorno a Alfonso Osorio, ya no quedaba casi nadie y la mayoría de los políticos no veían salida a la España de la dispersión. La muerte de este católico puede servirnos para reflexionar sobre cómo unimos la tradición y la necesaria y saludable laicidad del Estado.

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  1. marinero en tierra opina:

    Tras aquellos años 60 y 70, llegaron los 80 y los 90. También Ruíz-Giménez siguió siendo una referencia de moderación, sensatez y memoria. El profetismo de los 60 dio paso a la (excesiva) prudencia de los 80 y 90.

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