PERDÓN Y RIDÍCULO POLÍTICO

No puedo quitarme de la cabeza esa extemporánea petición de perdón de los obispos vascos, hace un par de semanas, por el silencio de sus antecesores ante el fusilamiento de 14 curas “nacionalistas” por las tropas franquistas durante la Guerra Civil. Yo creo que los obispos vascos han hecho el ridículo, por un lado y, por otro, un deplorable servicio a los cada vez más escasos católicos vascos. Esta estrategia, ahora que el brazo armado del nacionalismo vasco, o sea ETA, está acorralado, tiene ese inconfundible tufillo de Setién, un obispo que en cierta ocasión fue reconvenido por Juan Pablo II, y que pretende vender como martirio lo que sólo fue política.

 

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma (parágrafo 2844) que “la oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos”. Pero los obispos vascos, cometiendo un grave error interpretativo, subvierten los términos y piden perdón a los enemigos. Porque en 1936, y de eso hay poca discusión, el enemigo de la Iglesia era el Frente Popular y sus aliados que quisieron exterminarla. Casi 10.000 religiosos y sacerdotes asesinados sólo, y subrayo lo de sólo, por su fe, avalan lo que afirmo. Es cierto que también se ajustició o asesino, según los casos, a algunos católicos por el gobierno franquista, como ese hombre de fe profunda, el catalán Carrasco i Formiguera, pero su muerte se debió a motivaciones exclusivamente políticas, no a su fe católica.

 

Ante esta oportunista y poco oportuna petición de perdón ya se han alzado voces autorizadas preguntando si también van a pedir perdón por algo que, esto sí, causa verdadero dolor y angustia en la sociedad: el silencio y la equidistancia episcopal vasca frente al terrorismo, y cómo esa actitud provoca que las víctimas se conviertan en victimarios. Una cosa es perdonar y otra, muy distinta, pedir perdón. En cualquier caso, hacer el ridículo nada tiene que ver con ninguna de esas dos actitudes.

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  1. Donatien Martinez-Labegerie opina:

    Bueno, en el País Vasco la Iglesia vasca se posicionó políticamente sin ánimo de suicidarse y buscar su exterminio ante el ataque golpista y la ocupación progresiva de las Vascongadas por las tropas de Mola, Mussolini y Hitler. Fue aquéllo hacer el ridículo?

    Bien, la Iglesia diocesana vasca décadas después sigue queriendo ser vasca además de universal, del mismo modo que la Iglesia episcopal espanola notoriamente continúa la labor emprendida con el Alzamiento en nuestros días. Son dos actitudes en las que le equidistancia se manifiesta en sentido distinto. El tiempo nos dirá quién de las dos Iglesias se ajusta más a los prinicipios de la Iglesia verdadera e incluso quién queda más en evidencia una y otra vez, más propiamente que en ridículo.

    Saludos,

    Donatien

  2. Donatien Martinez-Labegerie opina:

    «Muero por nacionalista vasco, porque amo con pasión a este desgraciado pueblo. Espero en la bondad de Dios que algún día se logrará lo que este pobre hijo ansió ver en sus días. Vascos, carne de mi carne, sangre de mi sangre; Euskadi tiene que ser eterna; pero nosotros para ella y la patria para Dios. ¡Cristo, tened piedad de mí!».

    Este es el testamento artístico de Lauaxeta antes de ser fusilado por el levantamiento militar y civil rojigualdo en Vitoria, luego de haber sido arrestado en Gernika dos meses antes, el día 30 de abril de 1937, cuando mostraba como guía e intérprete a los corresponsales de “La Petite Gironde” los resultados del ataque de los alzados contra la villa foral vizcaína.

    Además de poeta, periodista y político -y de haber refugiado a sacerdotes que huían de la persecución- también había sido novicio jesuíta. Quizás hizo el ridículo? Para muchos seguramente es un héroe. Se entiende.

  3. Paolo opina:

    Pensaba volver sobre el asunto en su anterior entrada; he leído esta nueva entrada y encuentro que lo que dice está muy bien expresado con un tono sereno. Yo soy más apasionado, espero que sea indulgente conmigo.
    Lo que sucedió entre 1936 y 1937 en Vizcaya y Guipúzcoa fue también una guerra civil; hubo guerra civil, pero no por ello menos cruel, en casi todos los rincones de España. Adquirió la guerra un carácter muy sangriento por la falta de control y por la desesperación de muchos. Setenta y cinco años después el clero vasco ha decidido recobrar cierta dignidad procurando un acto de desagravio a los sacerdotes y religiosos fusilados por las fuerzas nacionales entre 1936 y 1937. Dicen que reparan una injusticia, que rompen un silencio.
    No entraré a considerar la extrema persecución a la que los católicos fueron sometidos en la zona republicana, no hace falta; pero quizás haya que rectificar el idílico panorama que se ha querido representar de lo que fue la vida de los católicos en el País Vasco, se ha querido confundir, olvidar y mentir, y en el País Vasco ninguna confusión, mentira u olvido indigno se teje sin la sórdida complicidad de la Iglesia católica. En el País Vasco fueron asesinados 59 religiosos y sacerdotes a manos del gobierno vasco, si los fusilamientos de los 15 ordenados por las fuerzas nacionales guardan alguna forma de procedimiento las de los primeros sólo fueron amparadas por la barbarie, no podemos sino llamarlos asesinatos. Asesinados por ser católicos y españoles junto a otros muchos españoles patriotas. Fueron personas indefensas cobardemente martirizadas sin ningún escrúpulo. Los 15 ordenados fueron una excepción, en 1937 cesaron los fusilamientos por parte del gobierno de los alzados, ni una sola de las penas a muerte sentenciadas a partir de entonces fueron ejecutadas, también el gobierno vasco cesó de masacrar a religiosos y católicos, es cierto que fue porque dejó de existir al ser aplastado.
    ¿Hubo silencio? No, no lo hubo. El Vaticano supo desde el primer instante lo que sucedió en Vizcaya y en Guipúzcoa. Los señores Arin, Marquiegui, Guridi, Ariztimuño, Lecuona, Albizu, Peñagaricano, Onaindia, Iturri, Mendicute, Sagarna, Andarraga, Otaño y Román no eran ningún secreto, la iglesia vasca conocía sus nombres, los conocía el Vaticano, todo aquel que tuviera oídos. De sus méritos ya se habló en la España de Franco, también de la severidad del castigo o de su manifiesta injusticia.
    En 2009 no se ha querido recordar a unas personas muertas entre tanto sufrimiento, se ha querido, por el contrario, confundir. Nada nuevo, confusión es lo que sobra en las parroquias vascas. Decenas de sacerdotes acudieron prestos a la catedral de Vitoria a oficiar una farsa, los que más han callado ante tantos vascos asesinados en nuestros días no han faltado en estas honras, tampoco han faltado los que han justificado los atentados, ni los que han dado asilo a terroristas. No ha sido un acto para el perdón, no, los viejos nacionalistas han querido ganar la guerra que perdieron setenta y cinco años después. Viven instalados en el odio, nunca han dejado de odiar a España y mientras España exista no cesaran en su farsa. Han querido presentarse como herederos de unas víctimas. Pero las víctimas que viven hoy en el País Vasco son otras y a muchas no se les ha permitido tener una misa en su memoria. Esa es la justicia que se puede esperar de los sectarios. No son libres y no lo son porque viven en la farsa de la mentira calculada y disimulada.

  4. Tricolor opina:

    Es curioso: el Vaticano condenó la ejecución de sacerdotes y seglares católicos nacionalistas en el País Vasco. Sin embargo, nada dijo de los campos de concentración ni de la represalia sistemática que Franco llevó a cabo durante años. Claro que siempre habrá clases: primero los humanos (los creyentes, se entiende) y luego los subhumanos (los que no creemos). De los primeros sí hay motivo para quejarse y dolerse por sus asesinatos. De los segundos, nada. Catolicismo e hipocresía son sinónimos, como se puede ver. Por cierto, señor Trías, permítame que cuestione profundamente eso de que el Frente Popular era el principal enemigo de la Iglesia católica española en 1936: el gobierno del Frente Popular únicamente intentó llevar a cabo la modernización del país, algo que necesariamente pasaba por la secularización de la sociedad. Hasta entonces el poder de la Iglesia en la sociedad española era inmenso, y siguió siéndolo cuando el talibán de Franco ganó la guerra. La jerarquía católica fue, junto a terratenientes, caciques y militares, la mayor enemiga de ese régimen democrático que se instauró en 1931 y que tanta grima les sigue dando a ustedes, devotos católicos. A los católicos caídos en la guerra en la zona republicana no se les asesinó por su fe, sino por estar vinculados a organizaciones de derecha que estuvieron detrás, en muchos casos, del golpe de estado del 18 de julio. Algo parecido sucedió con todas aquellas personas que, en el lado fascista, eran ateas, agnósticas, de otras confesiones religiosas (protestantes, por ejemplo) o, simplemente, tenían ideas progresistas y de izquierdas, con la diferencia de que la represión continuó durante más años (y eso parece, según ustedes, que no es digno de condena). Dos precisiones más: según estudios, el número de religiosos asesinados fue de casi 6.832, casi 7000 (no 10.000, como indica usted); la mayor parte de asesinatos de religiosos en la zona republicana corrió a cargo de los anarquistas, que no estaban integrados en el Frente Popular. En los primeros meses del conflicto, y dada la gran anarquía que había en la zona de la República, muchos milicianos anarquistas cometieron este tipo de crímenes. Una vez establecido el orden dentro del bando republicano los asesinatos prácticamente desaparecieron. Señor Trías, espero que sea tan amable de publicar mi comentario en su blog, lo que demostrará que respeta usted opiniones muy distintas a la suya y en eso, básicamente, consiste la democracia. Un saludo.

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