LA SHOAH O EL DEICIDIO NAZI

La influencia del cardenal Lustiger, que murió en París hace dos años, en la renovación de la Iglesia Católica francesa es enorme y está patente en todas las instituciones que tutela y, muy especialmente, en el sincero entendimiento entre católicos y judíos. Lustiger era judío de nacimiento y católico por elección. El cardenal Jean Pierre Ricard, arzobispo de Burdeos y vicepresidente del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa, nos recordaba ayer a los asistentes al seminario sobre “Diálogo Judeo-Cristiano y Holocausto”, la contenida emoción que sintió cuando visitó, junto a su compañero el cardenal judío, en Auchwitz, la llamada “casa azul” donde había sido asesinada la madre de Lustiger.

 

En 1977, los obispos franceses suscribieron una Carta de arrepentimiento por no haberse opuesto, durante el gobierno de Vichy y la ocupación alemana, salvo raras e individuales excepciones de valor, a las deportaciones masivas de judíos franceses hacia los campos de exterminio. Se sabía perfectamente que es lo que ocurría ahí, pero era más cómodo mirar para otro lado y guardar, como se guardó, un silencio institucional. El obispo emérito de Drancy, centro de confinamiento previo a la deportación, Olivier de Bérranger, ha hablado sobre esta cuestión y sobre el silencio de la Iglesia Católica francesa por el degradante estatuto que se concedió a los judíos. Una voz catalana, en el turno de comentarios, ha pretendido comparar esa situación con el apoyo del episcopado español al franquismo, comparación, sin duda, desafortunada; igual que me parece inoportuno equiparar la catástrofe humana del aborto con la Shoah.

 

He podido comprobar, en suma, cuánto tenemos que aprender los católicos españoles y los laicistas que nos gobiernan de Francia. El rabino Michel Gurfinkiel, cuya familia se salvó de la muerte gracias a la caridad de unos funcionarios franquistas y de la organización americana “Joint”, que operaba en los años cuarenta en Barcelona y Miranda de Ebro, ha concluido su disertación con una afirmación impactante: en términos bíblicos y teológicos, la Shoah no debe ni puede comprenderse desde la lógica del castigo sino como el más concienzudo intento de deicidio perpetrado por la humanidad.  

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