JUDÍOS, CRISTIANOS Y EL HOLOCAUSTO

Desde ayer y hasta mañana nos encontramos en Paris unas cuantas personas, judías y cristianas, para meditar sobre los dilemas de la transmisión de la memoria de la Shoah en el mundo contemporáneo. Nos ha convocado la Casa Sefarad-Israel, que dirige Diego de Ojeda, en colaboración con Yahad In-Unum y el Centro de Estudios Judeo-Cristianos. Hoy asisten, entre otras personas, el obispo auxiliar de Madrid y secretario general de la Conferencia Episcopal española, el jesuita Juan Martínez-Camino, el rector de la Universidad Pontificia de Comillas, también jesuita, Francisco Bustos, Henar Corbi, de casa Sefarad-Israel, el rabino Baruch Garzón junto a su mujer, Dom Anselmo, Abad del Valle de los Caídos, el abogado, como yo, Jesús Pedroche, María Teresa Rodríguez, Jordi López, miembro del patronato de la Montaña de Montserrat, Fernando Millán, Prepósito General de los Carmelitas, Elisa Luque e Idoya Zorroza de la Universidad de Navarra o Carlos García de Andoín, que es Asesor del Gabinete de la Vicepresidenta Primera del Gobierno, Manuel Sarrias, de la Iglesia Bautista o Alem Toledo, cuya familia turca sefardí fue salvada, gracias a su pasaporte español y al valor del cónsul español Roland, en 1943, de una muerte segura. Como puede comprobarse, una buena mezcla, de la que saldrán, sin duda, fortalecidos los puentes de entendimiento entre cristianos y cristianos y entre cristianos y judíos.

 

El programa es de lo más sugerente, por supuesto para las personas interesadas en estas cuestiones, sobre todo en el acercamiento entre judíos y católicos, pues ya dijo Juan Pablo II algo que había comenzado a recordar con justeza Juan XXIII: los judíos son los hermanos mayores en la fe de quienes nos consideramos cristianos. Su fe es nuestra fe, su Libro es nuestro Libro, Jesucristo y sus padres, José y María, eran judíos y el gran apóstol de las gentes, cuya festividad conmemoramos ayer, no dejó nunca de ser Rabino, aunque abandonase la ortodoxia farisea y abrazase la heterodoxia cristiana. En la ceremonia con la que han finalizado las sesiones de hoy lo han recordado todas las confesiones presentes, especialmente el rabino Garzón y el obispo Martínez-Camino. El primero ha pronunciado una oración, a veces con la voz entrecortada por la emoción, en recuerdo de las víctimas de la Shoah y el Secretario General de la Conferencia Episcopal Española repitió las palabras que Benedicto XVI pronunció en Israel hace pocas semanas: ¡Que los nombres de las víctimas no perezcan jamás en nuestra memoria!

 

A mi me ha impresionado, especialmente, la conferencia del Padre Patrick Desbois sobre las espeluznantes testimonios, tomados por él mismo, de quienes vieron o vivieron, siendo niños, las operaciones móviles de matanzas por los “Einsatztruppen” en los territorios ocupados del Este. En realidad, con el genocidio judío el régimen nacional-socialista alemán, extendido por toda Europa, pretendía una finalidad metafísica: extirpar los mandamientos de la Ley de Dios para que sólo quedase, en la cúpula de la ley, el poder del Estado. El pritivismo llevado a sus últimas y terribles consecuencias. La visita al Memorial de la Shoah de la mano de su director, Jaques Fredj, la cariñosa acogida del presidente del memorial Eric de Rothschild, el almuerzo en el barrio judío de Le Marais, el imborrable recuerdo para mi de Violeta Friedman, y el paseo junto al Sena, pensando en todo lo que he visto y oído a lo largo y ancho del día han cerrado la primera jornada sobre “Diálogo Judeo-Cristiano y Holocausto”.

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