SAN PABLO Y LAS MUJERES

Mañana, festividad de uno de los gigantes del cristianismo, termina el año jubilar dedicado al rabino Pablo, el que abrió la Sinagoga a los gentiles. Aprovecho, pues, esta circunstancia para leer la espléndida y documentada biografía del apóstol escrita por Josef Holzner (Herder, 1986). Pero de lo que quiero escribir hoy es de esa manía que se le atribuye al santo hacia las mujeres, debido a éste pasaje de la primera carta a los corintios (14, 33-35): “Como enseño en todas las iglesias de los santos, las mujeres guarden silencio en las asambleas, pues no se les permite hablar, sino que deben estar sumisas, como también dice la Ley”.

 

Ciertamente, leídas esas líneas así, a palo seco, sacadas del texto y dos mil años después de escritas, hoy, cuando las mujeres apenas se distinguen de los hombres o viceversa, incluso en esa funesta costumbre, hasta hace poco patrimonio masculino, de llegar a casa malhumoradas, pueden resultar hasta chocantes. Manuel Iglesias, jesuita, en dos artículos, llenos de ironía e inteligencia, escritos en los números de mayo y junio de la espléndida revista “Magnificat”, me ha dado la clave del asunto.

 

El cristianismo, y muy especialmente Pablo, defendieron, desde el origen, la igualdad y dignidad de la mujer. Eso que ahora resulta normal, hace veinte siglos fue algo extraordinario, revolucionario. “En las bacanales en honor a Dionisios –recuerda el jesuita- las jóvenes danzaban sin freno, provocativamente. Pero si la reunión cristiana acaba pareciéndose a las orgías paganas, si las mujeres que no mucho antes han danzado obscenamente, ahora, recién convertidas atraen la atención de los demás con rarezas, san Pablo lo tiene claro: ¡así no se edifica la Iglesia!” Y termina su reflexión dejándonos con una sonrisa en los labios: “Que ese párrafo fuese escrito con mal humor, pase. Pero de esas frases, puede deducirse honradamente la supuesta manía de san Pablo contra las mujeres?”

compartir delicious digg frequi google meneame technorati

Deje un comentario