EL BENEFICIO DE LA SOLIDARIDAD

Conferencia pronunciada por Jorge Trias Sagnier en la Asociación Cooperación Social en el Acto de clausura del XIII ciclo “Soluciones solidarias”.

18 de junio de 2009

Cuando Don Javier Contreras me trasladó la petición del Presidente de esta ONG para que diese una conferencia que tuviese como tema la cuestión de la “solidaridad”, no lo pensé dos veces y le di mi conformidad.

 

Os agradezco, pues, y antes de cualquier otra consideración, por haber pensado  en que yo podía tener algo que decir sobre éstas cuestiones que a vosotros, que no sólo tenéis algo que decir, sino que las lleváis a la práctica y diariamente, dedicando vuestro esfuerzo y vuestro tiempo.

 

En seguida me puse manos a la obra y, entonces, comenzó a entrarme un sudor frío por la espalda que, os confieso, todavía no se me ha secado del todo pues la cuestión se las traía y empezaron a asaltarme enormes dudas de si sería capaz de deciros algo interesante o, simplemente, que tuviese una cierta coherencia con mi propia biografía y que no cayese en una conferencia profesoral o repleta de lugares comunes.

 

Yo, además, no soy profesor de nada, pero sí es cierto que me atrevo a opinar de todo o de casi todo y que procuro hacerlo a través de mi experiencia y vivencias personales. Llevo, pués, 38 años ejerciendo la profesión de abogado y los mismos, prácticamente, escribiendo asiduamente en las páginas de opinión de los principales diarios nacionales. Sobre todo en ABC, donde colaboro desde 1974 y, desde hace tres años, en “La Gaceta de los Negocios”.

 

Y yo pensaba estos días pasados cuando me ponía ante el ordenador: bueno, ¿y qué les digo?, ¿qué experiencias solidarias he tenido en mi vida?, ¿les hablo de la caridad?, pero, ¿practico la caridad como para atreverme a hablar de ella?, ¿participo, acaso, en alguna ONG u organización similar de la Iglesia o fuera de la misma, ejerciendo la solidaridad?

 

Esta conferencia me está sirviendo, primero, de examen de conciencia y, luego, como instrumento para aclarar mis propias ideas. Lo que expongo a continuación es el resultado de la catarsis a que he sometido mi conciencia en los días pasados.

 

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Pensando en mi vida, puedo afirmar que nunca me he sentido más satisfecho de mi mismo como cuando he hecho algo, desinteresadamente, por alguien. En resumen, creo que es eso el principio de la solidaridad y que se sintetiza en el principio evangélico de amar al prójimo como a uno mismo.

 

He visto que el eminente historiador español, Luis Suárez, ya ha hablado del recorrido histórico de la solidaridad. Pero quizás conviene recordar que la solidaridad –o, si se prefiere, la caridad- es uno de los pilares básicos del cristianismo, de su concepción antropológica y de su visión de la sociedad y de la política. Para el cristianismo y para el mundo romano, que entonces era como hablar del orbe conocido, eso sí que fue una concepción radical: todos los hombres son iguales por ser todos ellos hijos de Dios. Solidaridad y fraternidad serían dos conceptos estrechamente ligados, conceptos que no sería posible entenderlos sin los de libertad y de igualdad.

Ya tenemos, pues, la tríada famosa que se atribuye a los revolucionarios franceses que la popularizaron diez y ocho siglos más tarde –libertad, igualdad, fraternidad- y que constituyen el fundamento filosófico de las modernas democracias, conceptos todos ellos que proceden del cristianismo. Y cuya finalidad consistiría en hacer el bien. La Doctrina Social de la Iglesia, según se expresa en el Catecismo de la Iglesia Católica (2422), definiría esta palabra como “un cuerpo de doctrina que se articula a medida que la Iglesia interpreta los acontecimientos a lo largo de la historia, a la luz del conjunto de la palabra revelada por Cristo Jesús y con la asistencia del Espíritu Santo (Gaudium et Spes)”.

 

Por solidaridad debe entenderse la homogeneidad e igualdad radicales de todos los hombres y de todos los pueblos, en todos los tiempos y espacios. Podemos entender, entonces, la solidaridad como un sinónimo de igualdad, fraternidad o ayuda mutua; y muy próximo a los conceptos de responsabilidad, generosidad, desprendimiento, cooperación o participación. Para el hombre de hoy, es un concepto muy atractivo y al que se apunta, al menos en teoría, todo el mundo. Junto a lo verde, lo ecológico, lo sostenible y lo renovable, aparece constantemente, vertical y transversalmente, en todos los medios de comunicación social.

 

Vivimos en un mundo que todo nos es cercano, aunque cada vez estemos más alejados de lo próximo: de nuestras familias, del barrio o de los ciudadanos que nos rodean, que, poco a poco, se van convirtiendo en extraños. Vemos a los vecinos pasar por nuestro lado y apenas les reconocemos. Al mismo tiempo que participamos de lo que ha venido en denominarse como globalización, nos hemos convertido en una especie de islas rodeados de lejanía y desmemoria por todas partes. La solidaridad, pues, debe ser desarrollada y promovida en todos los ámbitos de la vida si queremos romper ese aislamiento y comprender lo que ocurre en otras partes del mundo para que nos parezca de verdad cercano, por supuesto sin olvidar con la solidaridad más elemental, que es la que puede practicarse con quienes tenemos al lado. En resumen, a través de la íntima interiorización de la solidaridad, deberíamos poder llegar a sentir lo que ocurre, también, en los más remotos lugares y en los más próximos

 

Juan Pablo II lo expresa del siguiente modo. El ejercicio de la solidaridad dentro de cada sociedad es válido sólo cuando sus miembros se reconocen unos a otros como personas. Para que un acto pueda ser considerado verdaderamente solidario, es necesario que sea materialmente solidario;  que se funde en la convicción de igualdad; que sea hecho por caridad y por amor al prójimo; y que sea realizado con rectitud de conciencia. Estos son criterios universales y no se necesita ser cristiano para entenderlos de este modo.

 

Digo esto porque muchas de las ONG que trabajan en los países en vías de desarrollo, o en eso que denominamos “tercer mundo”, revestidas por el manto de la “solidaridad”, lo que enmascaran son brillantes negocios, en el mejor de los casos, acaparadores de subvenciones, en muchos otros, que se utilizan para enriquecerse a costa de la miseria ajena. Podemos leer regularmente noticias que aparecen en los periódicos, en la radio, en televisión o a través de Internet que, a veces, producen verdadero escándalo y escalofrío. No nos engañemos, donde hay bien, también reside el mal. Y existe una mal llamada “solidaridad” que, como negocio, mueve miles de millones de euros.

 

No quiero teorizar más sobre lo que es, lo que significa y lo que no es la solidaridad. Vosotros necesitáis pocas palabras pues la práctica de todos los días vale más que cualquier discurso o conferencia que yo pueda deciros. Así como la solidaridad nos humaniza; la falta de ella nos pervierte, nos aleja, nos hace negar nuestra propia naturaleza. Oponerse a la solidaridad es, pues, oponerse a la naturaleza social del hombre, y equivale a afirmar que uno es autosuficiente, que no necesita de otros, que no le debe nada a nadie.

 

Y nuestra Iglesia católica, con todas sus imperfecciones y errores, a lo largo ya de dos milenios lo ha entendido siempre así. Voy, entonces, a contaros un par de historias que ejemplifican con bastante claridad lo que hace la Iglesia Católica en toda esta actividad solidaria.

 

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Hace unos años, un rabino argentino y buen amigo mío me contó que estaba en cierta ocasión reunido con varios sacerdotes católicos, entre ellos dos obispos, y que les comentó que no podía entender como teniendo una Iglesia tan volcada en hacer el bien y una religión con rituales tan profundos y hermosos, vendía tan mal el “producto”. El rabino, especializado en “marketing” religioso, utilizaba, con singular profesionalidad la jerga de los publicitarios, y aplicaba sus métodos para “vender” la religión a los suyos, religión judía que, dicho sea de paso, es el origen y fundamento de nuestro cristianismo.

 

Yo tengo un amigo abogado, con el que compartí consejo en el diario ABC, Fernando Satrústegui, que me suele enviar notas e informes, además de buenos chistes, por Internet. Un día me mandó una serie de datos que, colocados uno detrás de otro, resultaban espectaculares, apabullantes, y me acordé de mi amigo rabino y de su reproche sobre lo mal que “vendemos” los católicos la Iglesia. Efectivamente, los periódicos “progresistas” amplifican los defectos, que son anecdóticos, de la Iglesia Católica, hasta dar la impresión de que es un nido de vicios y de corrupción enfrentada a la modernidad. Recuerdo a ese buen obispo y mejor amigo, Eugenio Romero, fallecido prematuramente hace un par de años, que solía repetirme: “Jorge, desengáñate, si yo sólo tuviese como fuente de información esos periódicos, también acabaría por perder la fe”.

 

Bien, a veces pienso que aunque sea impopular, esa titánica lucha de la Iglesia Católica por defender la verdad y las cuestiones más elementales, algún día tendrá su recompensa. La verdad, como suele repetir Benedicto XVI, no se impone sino que se propone. Pero la verdad consiste en llamar a las cosas por su nombre. “La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero”, decía Juan de Mairena a sus alumnos, como escribió nuestro poeta Antonio Machado.

 

¿Qué hace, pues, la Iglesia con los dineros que administra? ¿Se los gasta en sí misma, como quieren dar a entender los que no entienden nada? Veamos algunas cifras. La Iglesia y sus confesiones religiosas, además de ofrecernos ayuda espiritual, lo cual no es tarea fácil ni desdeñable, mantiene en España 5.141 centros de enseñanza, lo que supone educación para casi un millón de alumnos y un ahorro para el Estado aproximado de 3 millones de euros por centro y año; tiene a su cargo 107 hospitales (50 millones de euros ahorrados por hospital y año); entre ambulatorios, dispensarios, asilos, centros para minusválidos o enfermos terminales de SIDA dependen de la Iglesia 1.004 centros, o sea 51.312 camas (4 millones de euros por centro y año ahorrados); Caritas, la madre de todas las ONG que en el mundo son, gasta al año 155 millones de euros salidos del bolsillo de esos cristianos españoles tan criticados; y el gasto de Manos Unidas, institución también vinculada a la Iglesia Católica, es de 43 millones, que salen del mismo y exacto bolsillo cristiano; y, ¿recuerdan ustedes el DOMUND? Ahora se llama Obras Misionales Pontificias y, de esa hucha,  salen, nada menos, que 21 millones de euros adicionales.

 

Sigamos con esta Iglesia tan “despreciable”, llena de curas depravados y riquezas vaticanas sin cuento: La Iglesia católica mantiene en España 365 centros de reeducación social para personas marginadas, es decir, prostitutas, presidiarios, toxicómanos que quieren tener otra oportunidad, en total la friolera de 53.140 personas, todos ellos abandonados por las instituciones públicas, auténticos desheredados de la diosa Fortuna, pero abrazados por los hijos de Dios, con lo que el Estado ahorra medio millón de euros por centro al año. ¡Ah!, y además mantiene orfanatos, 937 para ser exactos, cobijando a 10.835 niños abandonados. Increíble, ¿verdad? Pues sí, increíble pero cierto.

 

De la Iglesia deberíamos sentirnos, no sólo solidarios sino, también, orgullosos fuesen cuales fuesen nuestras creencias. Mi amigo Rabino tenía razón: la Iglesia Católica, quizás por estar demasiado ocupada en hacer el bien al prójimo, no sabe, o no tiene tiempo, de “vender”, en términos de marketing todo lo que hace. Porque, además, y eso va para los exquisitos, mantiene el 80% del gasto de conservación y mantenimiento del patrimonio histórico-artístico eclesiástico. Que, digo yo, es otra forma, también, de practicar la solidaridad.

 

Todos estos datos es probable que apenas ocupen alguna línea en la prensa “progresista”, pero la fantochada de las misas de Entrevías, con sus cristianos políticos de circunstancias como asistentes, sí ocupa titulares enteros. Son esos que sostienen que nuestros obispos, especialmente, los cardenales Rouco y Cañizares, se dedican a la disquisición teológica o a vivir conn sus tradiciones en sus palacios, mientras los curas, como los de San Carlos Borromeo atienden a los pobres (comunistas a ser posible). Pues no, señores. Son precisamente los católicos que pertenecen a la Iglesia, la de Roma, que es la de la Conferencia Episcopal, la nuestra, la de esta ONG, quienes realizáis esa inmensa labor social  que apenas se valora ni se conoce. Y, puestos a puntualizar sobre hechos ciertos, habría que recordar que fue el cardenal Rouco el que, además, acabó abrazándose con humildad con esos sacerdotes de la parroquia de San Carlos Borromeo, sacerdotes al cabo, terminando con aquella mediática utilización de una especie de iglesia buenista.

 

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Prosigamos en este recorrido de la solidaridad y nuestras convicciones cristianas. Hace poco más de un mes, el santo Padre se fue de viaje a África. Fue a llevar ilusión y esperanza a millones de africanos que quieren salir del umbral de la miseria. En África, la Iglesia ha tenido un papel misional y educador muy importante desde siempre. El cristianismo se expande por todo el norte de África, hoy esencialmente musulmán, y San Agustín, por ejemplo, era de la Numidia romana, que hoy se sitúa en Argelia, naciendo en Tagaste.

 

Pero yo me voy a referir al África misional que todos tenemos en la cabeza, el África del DOMUND, hoy del SIDA y de la guerra, el África subsahariana, esa que se extiende desde el Sehel, hasta Namibia y Sudáfrica, el África cuyas riquezas esquilmaron los europeos durante más de dos siglos.

 

La noticia pasó casi desapercibida. Lo bueno, que es mucho, que hace la Iglesia Católica pasa casi siempre desapercibido. Nuestra Iglesia suele ocupar, como digo y no me cansaré de repetir, las primeras páginas de los medios de comunicación “liberales” o “independientes”, cuando se da un caso, aunque sea sólo un caso, de abuso sexual cometido por algún clérigo desaprensivo. Pero la noticia, por ejemplo, de que el 27 % de los recursos que se destinan a combatir la pandemia del sida provienen de nuestra Iglesia, frente al 44 % que aportan todos los gobiernos del mundo juntos, ha volado sin pena ni gloria.

 

Me enteré de este dato revelador por la agencia de noticias “zenit” y por el diario, en el que escribo los martes y sábados, “La Gaceta de los Negocios”, que ofrecían, además, otros datos sobre la ingente, desinteresada y descomunal tarea de Caritas Internacional. He aquí algunas cifras estadísticas. No son opiniones, se trata de la realidad misionera y caritativa que un puñado de mujeres y de hombres realizan todos los días: entre las iniciativas para combatir la enfermedad en el mundo, la Iglesia Católica destina 5.256 hospitales, 17.530 dispensarios o 577 leproserías. Y, también, todo un ejército de pacíficos y gratuitos cooperantes que dan lo mejor de su ciencia y de sus vidas por los demás. Pues no está mal para no ser noticia. Y aunque no me gusta establecer comparaciones, ¡vaya diferencia con esa organización francesa, “SOS Racisme”, cuyo máximo responsable, miembro activo del partido socialista, vivía tan rodeado de lujo y de exceso que ahora está siendo investigado por la justicia de nuestro vecino país.

 

Mucha gente se ha reído de la Iglesia porque sostenía que entre las medidas para combatir la enfermedad del Sida estaba la abstinencia y la fidelidad conyugal, además de otras profilaxis. Pues resulta que en el país donde se ha ensayado una campaña en ese sentido, Uganda, la proporción de infectados por sida descendió de un 15 % a un 5 %. En Uganda, la campaña contra el sida se centró en fomentar la abstinencia entre los adolescentes para retrasar su actividad sexual; y en un respaldo público y eficaz de la familia y de la fidelidad. Con esa misma finalidad, y para predicar con el ejemplo, el Papa Juan Pablo II creó la fundación “El Buen Samaritano” que ha dispensado antiretrovirales a más de 20 países.

 

Detengámonos, ahora, en la visita de Benedicto XVI a África. La falta de respeto con la que se trata al Santo Padre en muchos medios de nuestro país, es imposible de entender en otros territorios de nuestro entorno. En “The New York Times” o en “Le Monde” nunca se llega a ese lenguaje incluso soez, que utilizan alguna de nuestras páginas progres, sobre los asuntos relacionados con la Iglesia Católica. En lugar de ofrecer información sobre ese importantísimo viaje, un éxito en todos los órdenes, aquí se pretendió ridiculizar a Benedicto XVI, a raíz de unas atribuidas declaraciones suyas sobre el uso del preservativo.

 

Lo que yo entendí que había dicho Benedicto XVI, es decir, lo que en realidad dijo, es que era mucho más efectiva para luchar contra el sida una educación sexual responsable, que potencie el papel del matrimonio y la familia, que sólo –y subrayo lo del “sólo”- la difusión del uso del preservativo. Esto, es tan obvio, que en aquellas zonas de África, como Uganda, en las que el Estado se ha dedicado a promover programas para reforzar el matrimonio y la familia, la pandemia del sida ha disminuido. Del mismo modo, esa apelación a la responsabilidad y, sobre todo, al respeto y la igualdad de la mujer, está en la misma línea del importante discurso que hizo en la UNESCO hace tres años la primera presidenta africana, Ellen Jonson Sireleaf, de la República de Liberia.

 

Frente a esos ridículos 125.000 € que destinó demagógicamente el gobierno español para comprar preservativos con destino a África, la Iglesia Católica en el continente negro no se anda por las ramas, y va directamente a las causas, en lugar de poner parches y apósitos en las consecuencias. Y así, en Angola, uno de los países que visitó el Papa, hay 23 hospitales directamente gestionados por instituciones eclesiásticas católicas, 269 ambulatorios, 16 hogares para ancianos, 45 orfanatos, 37 consultorios, 28 centros especiales y 41 establecimientos de ayuda al prójimo. La labor de Caritas africana, efectivamente, no tiene precio. Como escribí en una de mis columnas del ABC de los domingos: África, la Iglesia Católica y el Papa merecen un respeto.

 

Podríamos seguir dando datos y relatando increíbles historias particulares que ejemplificarían eso que trato de transmitir en esta conferencia: que el principal beneficiario de la solidaridad somos nosotros mismos. Y ya termino: a la vista de los datos que acabo de ofreceros, que pueden ser comprobados por cualquiera, personalmente me siento orgulloso con el esfuerzo que los católicos del mundo, unidos por un mismo ideal, damos para intentar, por lo menos intentar, hacer el bien.

 

Permitidme, precisamente en esta casa a la que tan amablemente he sido invitado, que finalice mi exposición con una cita de nuestro Prelado del Opus Dei, don Javier Echevarría, que la extraigo de su obra “Itinerarios de vida cristiana”: “Lo que caracteriza al cristiano no es un modo de vestir o de expresarse, ni la mera participación en determinadas ceremonias, ni la capacidad de realizar obras prodigiosas, sino la actitud de su corazón. San Pablo lo expresó con nitidez, en la primera de sus dos carta a los Corintios: Aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, y aunque tuviera tanta fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad no sería nada. Y aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo para dejarme quemar, si no tengo caridad, de nada me aprovecharía. Con su proverbial dominio de la retórica, san Agustín –nos sigue recordando el Prelado- glosó así esa enseñanza: Todos pueden signarse con la señal de la cruz de Cristo; todos pueden responder amén; todos pueden cantar aleluya; todos pueden hacerse bautizar, entrar en las iglesias, construir los muros de las basílicas. Pero los hijos de Dios no se distinguen de los hijos del diablo sino por la caridad. Los que practican la caridad son nacidos de Dios; los que no la practican no son nacidos de Dios. ¡Señal importante, diferencia esencial! Ten lo que quieras, si te falta esto sólo, todo lo demás no sirve para nada; y si te falta todo y no tienes más que esto, ¡has cumplido la ley!”

 

Nada más, y nada menos, buenas noches y gracias por escucharme.   

 

 

 

 

 

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