SOBRE MAGISTRADOS JUSTOS Y MAGISTRADOS POLÍTICOS

Un amigo me llamó para preguntarme por qué había sido tan ofensivo con los magistrados que votaron la sentencia de la Sala Tercera del Tribunal Supremo sobre “educación para la ciudadanía” en el artículo que había colgado en este blog. Le dije que volvería a mirarlo ya que no tenía la sensación de haberme “pasado”. De hecho, procuro, incluso en la crítica dura, ser siempre respetuoso con las personas.

 

Pero al volver a leer lo que escribí, les confieso que me he sentido un poco avergonzado ya que a mis años uno debe aprender a controlar la pasión. Sobre todo cuando se está expuesto al público, un público que, aunque minoritario, me sigue y anima. Nadie, les doy mi palabra de honor, me ha pedido que rectifique, ni siquiera me lo han insinuado. Lo hago, pues, porque no me siento a gusto con lo que escribí y, de hecho, lo he borrado ya de mi blog.

 

Calificaba a los magistrados que votaron a favor de esa sentencia, hoy firme, de soberbios y de buscar la unidad corporativista en lugar de la justicia. Decía que eso era una conducta perversa y equivocada que había fracturado la Sala en dos. Y, para acabar, tildé esa sentencia de absurda y banal, llena de despropósitos jurídicos, en fin, de vergonzosa. Lo siento y pido, públicamente, perdón por ello.

                                     

Ninguno de los magistrados citados -Ramón Trillo Torres, Fernando Ledesma Bartret, Rafael Fernández Montalvo, Manuel Vicente Garzón Herrero, Segundo Menéndez Pérez, Enrique Lecumberri, Nicolas Maurandi, Pablo Lucas Murillo de la Cueva, Santiago Martínez-Vares García, Eduardo Espín, José Manuel Bandrés, Rafael Fernández Valverde, Octavio Juan Herrero Pina, Eduardo Calvo Rojas, Manuel Martín Timón, Luis María Díez-Picazo Jiménez, Ángel Aguallo, Joaquín Huelin y María del Pilar Teso- se merecen ese juicio verdaderamente ofensivo, ya que todos ellos son personas honorables, a alguna de las cuales, para colmo, incluso conozco y trato. En fin, si hay una Sala del Tribunal Supremo, independiente y prestigiosa –aunque todas lo sean- es esta Sala de lo Contencioso.

 

Sobre el fondo de la cuestión, discrepo radicalmente de la sentencia y me uno a los votos particulares, sobre todo al del magistrado de Peces Morate. Creo, además, que la sentencia ha escenificado lo que ocurre en el sistema educativo cuando pretenden introducirse cuestiones de enseñanza ética o de moral civil: que se termina produciendo una fractura social. España lo que necesita es un sistema educativo perdurable, no asignaturas adoctrinadoras como ésta, pero eso es ya otra cuestión.

 

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