EL GENERAL NAVARRO NO ESTÁ TODAVÍA DEFINITIVAMENTE CONDENADO

Son muchas las sentencias condenatorias de La Audiencia Nacional que luego, al cabo de unos años, son anuladas por el Tribunal Supremo. El Supremo, que no revisa la apreciación de los hechos pero sí la correcta o incorrecta aplicación de los fundamentos de derecho, analiza las cuestiones con frialdad y distancia, sin la presión mediática y la más comprensible de las familias de las víctimas, como en el caso de las identificaciones del Yak-42. Hasta que el Tribunal Supremo no diga su última palabra, pues, habrá que respetarle al general Navarro, al comandante y al capitán médicos, la presunción de inocencia. Yo he visto ya de todo en mi dilatada carrera profesional, incluso he visto tumbar algunas sentencias del Tribunal Constitucional por violaciones del Convenio Europeo de Derechos Humanos.

Mi amigo Miguel Ángel Gozalo recordaba hace unos días esa lúcida meditación de Gabriel Cisneros sobre el peloteo que nos tenemos los periodistas con los políticos: “¿No estamos asistiendo a la desaparición del concepto de opinión pública, sustituido por el de emoción pública?” Pudimos ver, por ejemplo, a la ministra de defensa, con cara contrita, esta vez sin la compañía de su cuidador que la acompaña a todas partes como si fuese su sombra azul, soltar un exabrupto sobre su antecesor. No voy a enterar en la cuestión de las responsabilidades políticas pero desde luego la ministra no es quien para atribuir responsabilidades penales por encima de los Tribunales a nadie, como hizo el martes pasado en el Congreso de los Diputados. Hoy todo parece que se pinta a base de brocha gorda. Así nos va.

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