EL LENGUAJE DE LAS HOMILÍAS

Reconozco que con las homilías de los domingos me pasa como con la mayoría de los artículos que leo: me es casi imposible recordar casi ninguna. Tengo presente lo que dijo un cura en el funeral de un amigo que murió de SIDA, el comentario de Juan Ignacio Munilla en la capilla de San Ignacio en Loyola, un sermón de las siete palabras del recién nombrado arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez, el “no tengáis miedo de Juan pablo II o la homilía del cardenal Ratzinger en la misa de inicio del cónclave, y poco más. A lo mejor es que no pongo demasiada atención pero casi todas las homilías que escucho las encuentro muy aburridas y tristes.

Comprendo que el asunto no es sencillo y yo, al fin y al cabo, tampoco soy una buena vara de medir. Quizás lo que falta es un lenguaje más pegado a la realidad y que no caiga, casi siempre, en lugares comunes y fáciles oportunismos. Ahora, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, se nos dice un día sí y otro también que la crisis económica es, en el fondo, la consecuencia de una crisis moral; y que el consumismo es cosa muy mala. Lo primero es probable que sea cierto aunque con muchas matizaciones. Lo segundo, lo del consumismo, es la base de la economía capitalista que, con sus aciertos y errores, ha sido la única que ha funcionado desde el origen de la humanidad.

Hay que ser, por un lado, muy prudentes en lanzar según que mensajes desde los púlpitos, o desde los altares ya que ahora no se utiliza el púlpito. Por otro lado, si los curas se dedicasen, tan sólo, a publicitar la inmensidad de la obra social de la Iglesia, eso sólo sería suficiente para crear una corriente de simpatía hacia ella, pues no hay otra institución en el mundo con resultados parecidos.

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  1. Jandro opina:

    Habría que analizar también, no obstante, la relación entre las bases del capitalismo y la propia crisis moral si no se acompaña al sistema de una pedagogía. Podría verse un ejemplo claro con el aborto. Por una parte, si la propiedad privada se torna ansia, se puede llegar a sentir al bebé como propiedad privada; por otra, el consumismo del sexo (el sexo como mero objeto de consumo) puede llevar a embarazos “no deseados”, bien porque, con el desenfreno de la consumición, no se toman precauciones, o bien porque dado que las precauciones no siempre funcionan, ante un hecho muy repetido se incrementan las posibilidades de fallo.

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