LA RESURRECCIÓN DE LA RELIGIOSIDAD

Cada uno, a su modo, vuelve a la religión de sus padres, y en esta Semana Santa que hoy termina con la Resurrección, las iglesias se han abarrotado en España, las procesiones se siguieron por cientos de miles de fieles que hacían balance de su vida. La práctica colectiva de la religión da sentido a una sociedad, en este caso la nuestra, cuya identidad pretende barrerse desde sectarismos centrífugos. Será por la crisis, por la incertidumbre o por la desesperanza, será por lo que sea, cada vez son más los que buscan la certeza en esa combinación de tradición y modernidad que representa la religión cristiana, que arranca en el judaísmo y se universaliza con San Pablo.

Primero se pregonó a voz en cuello que Dios había muerto y luego fue seguida esa muerte por el final del hombre. Tras un siglo XX de ideologías que trajeron tras de sí la estela de las más espantosas guerras que ha conocido la humanidad y el intento científico de exterminar al pueblo judío, este siglo XXI nos va devolviendo a Dios y, con Él, al hombre nuevo, resucitado de las pavesas de ese infierno nihilista. No sabemos como será este nuevo mundo que habrá de surgir del cataclismo económico y social que estamos viviendo. Pero algo comenzamos a intuir. Volvemos, como antaño, como siempre, a saber discernir lo que pertenece a Dios y lo que es propio de la libertad del hombre, una libertad que no es ilimitada y que debe ajustarse a determinados cánones de prudencia y de justicia para que podamos seguir disfrutando un mundo que cada vez conocemos mejor, aunque a veces se nos escape de las manos cuando se desatan las fuerzas de la naturaleza como esta semana pasada en Italia. La religiosidad, que ha resucitado con fuerza en este siglo, nos puede ayudar a ser mejores y más respetuosos con el medio.

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