JUNTO A LAS FUENTES DEL NILO

Gondar, en Eiopía, donde me encuentro, inspiraron a Tokien para escribir El Señor de los anillos.

 

Esta es una expedición que hace años tenía en mente, desde que leí ese libro divertido y bien escrito de Kapuscinnski, “El Emperador” (Anagrama), sobre sus experiencias abisinias y en cuyas páginas ridiculiza la figura del Haile Selassie y del país en general. Al reportero polaco le ocurre lo mismo que a Kaplan, Robert Kaplan, de “Atlantic Monthly”, cuando narra sus experiencias por el Asia Central y África Occidental. La visión polaca una y americana la otra, ambas influidas de las mentalidades imperiales soviética y estadounidense, no se detiene en los matices y les impide ver lo que de verdad tienen ante sus narices. De ahí que los análisis que suelen hacer, muy paternalistas y de ONG progre, suelen resultar casi siempre equivocados. En cambio, cuando Kapuchinski relata sus viajes por la extinta Unión Soviética o describe al “homo sovieticus”, igual que cuando Kaplan viaja al centro del Imperio y se encuentra con el americano de tatuaje y caravana, es decir, cuando describen a sus propias familias, sus relatos son esenciales si queremos conocer los Estados Unidos o Rusia y sus ex dominios. “Viaje al futuro del Imperio”, de Kaplan, publicado por “Ediciones B” y “El Imperio” de Kapuscinski en “Anagrama” son dos lecturas altamente recomendables.

 

Y para preparar mi viaje, junto a mi amigo el senador Luis Fraga, que es quien me propuso acompañarle en esta apasionante expedición, he preferido acudir a esos soberbios y descriptivos relatos del jesuita Pedro Páez, quien en 1613 llegó al lago Tana donde se encuentran las fuentes del Nilo Azul. Esas fuentes cuyo descubrimiento se atribuyó el escocés James Bruce en 1770. Nosotros, además, tenemos intención de subir a  Bohit (4.430 m.) y a Ras Dashen (4.453 m.) y pasearnos, luego, por Gondar y Lalibela y esas iglesias y monasterios cristianas tan sorprendentes donde, en una de ellas, la tradición decía que guardaba el Arca de la Alianza. Esos lugares inspiraron a Tolkien cuando escribió su fascinante “El Señor de los anillos” y siguen siendo una fuente inagotable de inspiración y meditación.

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