SOSIEGO EN LA CASA DE LA JUSTICIA

Las aguas de la justicia bajan turbulentas. Han pasado demasiadas cosas en las últimas semanas y alguien tenía que pagar los platos rotos. Ha sido el ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo, el que al final ha saltado por los aires. Cazó sin licencia, una nimiedad ya que al día siguiente las Comunidades Autónomas que otorgan licencias de caza acordaron algo tan obvio como la licencia única. Entre otras razones de más calado, aunque más o menos controladas políticamente, lo que le ha costado el puesto es ese esperpento legislativo que sale de las autonomías. Como escribió Gabriel Cisneros en uno de sus últimos artículos, ese Frankenstein autonómico se ha echado a correr y ya no podemos controlarlo.

El nuevo ministro, Francisco Caamaño, es un hombre dialogante. No es que Bermejo no lo fuese, pero Caamaño, además, tiene el plus de que no le fallarán las formas. Su apelación a la responsabilidad y la mano tendida a los jueces y otros agentes implicados en las cuestiones judiciales, nos hace atisbar un futuro prometedor. Digan lo que digan los que nada saben de los problemas de la justicia, quienes llevamos tantos años, de uno u otro modo, bregando con ella, sabemos que para que marchen las cosas será necesario un acuerdo amplio entre los dos grandes partidos, un acuerdo leal como el que se firmó entre el ministro Michavila y Juan Fernando López Aguilar. Creo que el PP, una vez deslíe esa madeja con la que le ha liado, inteligente y hábilmente, Garzón, debería volver a aquella política de acuerdos.

Y ya que hoy la justicia pasa por aquí, me gustaría preguntar sobre cual es el modelo que preconizan de cara al futuro en asuntos judiciales y del poder judicial los populares. ¿O acaso creen que el actual es operativo? ¿No sería más acertado plantear, de una vez, una reforma seria y adecuada al modelo constitucional, no sólo a su letra sino también a su espíritu, que ir parcheando como se ha hecho hasta ahora?

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