LA LOCURA DE LA MONTAÑA

La montaña es para los locos, anacoretas, colgados, místicos, anarquistas o ermitaños. Pedro, “el ermitaño”, los componentes del Batallón Alpino republicano, Perico “canuto”, el Papa Juan Pablo II o mis amigos Pérez de Tudela, Luis Fraga, Javier Contreras o Pedro Estaún, tienen poco que ver unos con otros, pero les une su pasión por la montaña. Pasión por la que acaba de morir, despeñado, Pablo Domínguez, Decano de la facultad de teología San Dámaso de Madrid. La montaña, como ha escrito Robert Macferlane en “Las montañas de la mente”, posee un atractivo que tiene mucho más que ver con la belleza que con el riesgo, con la maravilla que con el dolor, y con la vida que con la muerte. Pero es difícil vivir en las montañas, o transitar por sus caminos, como en la vida misma, sin asumir riesgos. El Olimpo era el trono de Zeus y, salvo en contadísimas excepciones, a nadie hasta bien entrado el siglo XVIII, se le ocurrió escalar sus cumbres.

Habíamos almorzado un grupo de personas en el CEU para preparar el tema del próximo Congreso de “Católicos y Vida Pública”. Pablo Domínguez, que era, además de teólogo y de decano de la facultad, un montañero avezado, tenía decidido, después de la comida y de camino hacia Tarazona donde debía impartir un curso, subir con una amiga profesora el Moncayo. “Mira el Moncayo blanco y azul…”, escribió Machado. Pero un mal paso en la bajada se los llevó a los dos por delante. Me enteré de la noticia al regresar a la casa de Artíes donde he pasado unos días también subiendo algún monte con los esquís de travesía. No daba crédito a la esquela que este periódico publicaba, aunque el teléfono móvil en seguida me aclaró la tragedia que se había desarrollado, una vez más, en la montaña.

La nave de la iglesia madrileña, pilotada por el Cardenal Rouco, que navega por aguas procelosas contra cualquier viento de doctrina, tenía dos capitanes que la gobernaban junto a él. Ambos han muerto. El primero, el obispo Romero, el año pasado después de una larga enfermedad; y hace menos de una semana Pablo, muy joven, con 42 años, en un desgraciado accidente. Cuán cierto es eso de que Dios escribe recto con renglones torcidos.

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  1. marinero en tierra opina:

    Gracias por tu recuerdo a Pablo, yo conozco más a su hermano José Manuel. Desde fuera de España un grupo de amigos y alumnos que estamos en México hemos rezado juntos. Deberíamos recordar lo que tanto repite Pérez de Tudela cuando habla del atractivo que despiertan los “horizontes verticales”.

  2. Fulgencio opina:

    Yo siento mucho la muerte de cualquier persona, es una gran desgracia; una colosal desgracia cuando afecta a alguien cercano y, en especial, cuando esa persona cercana es un hijo. Yo odio a la muerte, pero claro, yo soy ateo y esto es comprensible. Lo que me llama la atención de las personas que profesan fe religiosa es su escasa alegría de que alguien esté por fin disfrutando de la presencia de Dios.

    Muchas gracias Jorge por dejarme escribir en este espacio. Disfruto de la lectura de tus artículos aunque, como bien sabes, discrepe de aquellos de contenido religioso. Espero que nadie se sienta ofendido por ello ya que la creencia es libre (y la certeza contrastable). Un saludo.

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