LA SOMBRA DEL MARQUÉS DE ARIAS NAVARRO

Hoy hace un siglo que nació en Madrid este hombre que llegó a tener en sus manos el destino de nuestra nación. Pocos son los historiadores que se han ocupado de Arias. Su archivo, lo que queda de él, se encuentra depositado en la Fundación que la Compañía Hullera Vasco-Leonesa constituyó para preservarlo y ahí deberían dirigirse los investigadores para conocer más a fondo su personalidad, en lugar de hablar de oídas o escribir sobre bulos más o menos fundamentados. Arias Navarro pertenecía a una familia industrial, bien situada, muy trabajadora y, como entonces se decía, católica a machamartillo. El padre murió en 1912, cuando el futuro presidente tenía tan sólo tres años. La intensa relación con su madre, por la que sintió veneración, y la vida desordenada de sus hermanos mayores, marcó el carácter de quien jamás imaginó que podría llegar a ocupar la presidencia del Gobierno de su país. Desde muy niño mostró extraordinarias dotes para el estudio, como lo atestigua su expediente académico en el Instituto San Isidro de Madrid, donde finalizó el bachillerato en 1923, con 14 años. Necesitó, entonces, una autorización especial para cursar los estudios de Derecho, que terminó en tres años, licenciándose en 1926. Fue discípulo aventajado de Julián Besteiro, a quien tuvo siempre como uno de sus mejores profesores.

A partir de ese momento comienza su carrera como opositor. Saca brillantemente la de letrado de la Dirección General de los Registros y del Notariado, donde trabaja a las órdenes de Manuel Azaña. Ambos, futuros jefes de Gobierno, mantuvieron una cordial relación. Pero Arias quería ser Notario y como la oposición tardaba en convocarse, ganó mientras tanto, la plaza de fiscal en el año 1933 siendo destinado a Málaga con 24 años. Ya entonces se había convertido en un hombre recio, sin matices, que vivía sin descanso y sin diversiones. Apenas salía. La única devoción que inspiró la vida de este hombre, además de la práctica religiosa, fue su madre.

Cuando estalla la guerra le coge la sublevación militar en la ciudad malagueña y, aunque apolítico, debido a su acendrado catolicismo, es encarcelado en la Navidad de 1936. En la prisión pasa momentos de angustia debido a las sacas y los fusilamientos. Pero a Arias la suerte le sonrió y un día fue liberado, sin más, gracias a la declaración favorable de un camarero anarquista que le servía café todos los días. Y fue en este hecho cuando se consolida su fama de hombre duro e inflexible, pues terminada la Guerra Civil parece que la declaración escrita sobre este individuo que le había salvado la vida, no evitó su fusilamiento.

Tomada Málaga por las tropas nacionales, se incorpora al Ejército del Norte, donde conoció al entonces coronel Alonso Vega, futuro ministro de la Gobernación, que mandaba la 4ª división de Navarra. Arias trabajaría, con el grado de capitán, en la Auditoría de guerra desde donde se dirigía la durísima represión del ejército franquista a medida que sus tropas iban conquistando el territorio español. Finalizada la guerra, vuelve a sus estudios y, por fin, en 1942 saca las oposiciones y obtiene la plaza de Notario de Cuevas de Almanzora, en Almería. Durante esos años es un hombre apartado de la política y no se siente miembro de ninguna de las “familias” del nuevo Régimen. Desprecia a los falangistas, siente profunda antipatía hacia los demócrata-cristianos y los monárquicos le parecían el final de nuestra raza. En 1943 muere su madre y queda sumido en la tristeza, solo en la vida. Y poco después se produce el punto de inflexión de su vida y su incorporación a la vida política del franquismo.

Arias es llamado por uno de esos hombres que apenas salen en las historias pero que tuvieron mucho poder: Romualdo Hernández. Hernández había sido el típico muñidor electoral extremeño en los últimos años de la Restauración que, aupado por el ministro de la Gobernación, Blas Pérez González –a quien ahora Garzón quiere perseguir como criminal de guerra-, ocupó un alto cargo en la Administración Local desde 1939 a 1957, pasando, en esos años, por sus manos los nombramientos de todos los alcaldes, concejales y gobernadores civiles de la época. Su hijo, Antonio Hernández-Gil, fue presidente de las Cortes en la Transición. En 1944 Carlos Arias, a instancias de don Romualdo, es nombrado gobernador civil de León, una provincia por la que aún campean en los montes restos del maquis. En León vive en el hotel “Oliden” hasta 1948 y su vida se transforma. Ahí entra en contacto con la Compañía Hullera Vasco-Leonesa y con su propietario Emilio Valle Egocheaga, tío de Javier García Egocheaga, que llegó a ser Vicelendakari del gobierno Vasco con Garaicotxea. Emilio Valle era un personaje típico de provincias, de unas provincias que se consumían en la tristeza mientras Europa salía ya de los horrores de la Guerra Mundial. Valle tiene la desgracia de vivir el secuestro de uno de sus hijos por el maquis, y parece que el pago de un rescate y la intervención decisiva de Arias, consiguieron la liberación. De ahí nació una buena amistad y la relación con la hija del empresario, Luz, una mujer provinciana, ocho años más joven que él, y encaminada a ser la típica solterona de la época al cuidado de su padre. Terminó casándose con ella tras un noviazgo singular, de diez años de duración, y a distancia, pues Arias en 1948 vuelve a la Notaría, ahora en Almodóvar del Campo (Ciudad Real), hasta 1952. El resto de la carrera es más conocido: Gobernador Civil de Tenerife de 1952 a 1954, de Navarra de 1954  a 1957, Director General de Seguridad en 1957, Alcalde de Madrid en 1965, Ministro de la Gobernación con Carrero Blanco en 1973 y Presidente del Gobierno tras el asesinato del Almirante, en diciembre de ese mismo año.

Arias es, sobre todo, un hombre de ley y orden; y fiel a Franco, sobre todas las cosas. Incluso, según cuentan las crónicas, llegó a ser un buen Alcalde de Madrid, la época más feliz de su vida. Pero Arias es un hombre de contornos difusos, pues cuando le nombran presidente del Gobierno se rodea de personas que hacen pensar en un cambio de rumbo y en la apertura del Régimen. Gabriel Cisneros, Juan Antonio Ortega y Díaz-Ambrona o Luis Jáudenes, todos ellos a la sombra del ministro de la Presidencia Antonio Carro, le escriben los discursos, como el que pronunció en las Cortes el 12 de Febrero de 1974, que dejó al país esperanzado e incrédulo. Por un momento Arias quizás pensó que podría repetirse la historia de la Restauración y se vio a sí mismo como “el nuevo Cánovas”, aunque quien debía de oficiar de Sagasta resultó ser su anti-imagen. Girón de Velasco vino con su “gironazo”, en abril de ese mismo año, a recordarle cuáles eran las esencias del Régimen. Y mientras tanto, Franco ya comenzaba a mirar al otro mundo y no al de los Consejos de Ministros. Son los años finales del franquismo, el del consejo de guerra a Puig-Antich y su brutal agarrotamiento, el del incidente de Monseñor Añoveros, el año en el que se prohibió la entrada a Don Juan en territorio español, el del atentado de la Calle del Correo, el de la flebitis de Franco, el año en que se desarticula casi por completo a ETA y en el que los servicios informativos de TVE, dirigidos por un jovencísimo Juan Luís Cebrián, informan veladamente y como pueden de lo que está aconteciendo en la tramoya del Régimen, un Régimen que se le deshace a Arias entre los dedos como un azucarillo.

Con la muerte de Franco, Carlos Arias vuelve a intentar lo imposible y a deshora, retomar ese espíritu del “12 de Febrero” y nombra ministros a Antonio Garrigues y Diez-Cañabate, José María de Areilza y Manuel Fraga Iribarne, pero su visión de Europa, del mundo y de la democracia es tan corta que compromete seriamente a la nueva Monarquía que va esparciendo mensajes por el mundo sobre lo que el Rey considera que tiene que ser el futuro de España. Ya en su primer discurso ante las Cortes, el Monarca proclama que quiere ser el Rey de todos los españoles y hace suyas frases enteras tomadas de intervenciones de su padre. Arias se va convirtiendo en un tapón para que las libertades se desparramen por toda la geografía nacional. Recuerdo, en una entrevista que tuve con Don Juan en Villa Giralda, a finales de mayo de 1976, que el padre del Rey me dijo que Don Juan Carlos debería ponerse las botas de montar y pegarle una patada al trasero de Arias, porque si no se la darían a él. Arias no tenía ninguna simpatía por Don Juan, al que un año y medio antes le había impedido que entrara en España, y tampoco se la tuvo a Don Juan Carlos. En su mente, tan española de épocas pretéritas, los Borbones le parecían unos personajes frívolos. Y la vida, para Arias, era algo demasiado serio, como para vivirla de la forma alegre y confiada con la que España y los españoles comenzaban a hacerlo.

Es entonces cuando vuelve a ser lo que siempre fue: un Notario que daba fiel testimonio de lo que otros habían ordenado. Y como el testamento de Franco pedía que se apoyase al Príncipe de España, Arias, antes de ser cesado por el Rey, le presenta su dimisión propiciando, en ese julio de 1976 el inicio, con la designación de Suárez, de la Transición española. La sombra de Arias, que es la del franquismo ya decrépito, planea durante esos trascendentales años que van de 1973 a 1977, sobre la nueva Monarquía. Arias nunca tuvo programa propio e hizo siempre lo que creyó que Franco quería que se hiciese. Cumplió el testamento de Franco al pie de la letra. Fue un hombre ajeno a su tiempo, que no entendió la modernidad, pero cuya sombra tuvo la virtud de contener al franquismo más intransigente haciendo posible que la libertad empujase con fuerza esas ventanas que él solamente se había atrevido a entreabrir. El Rey, en agradecimiento, lo ennobleció otorgándole el título de Marqués con Grandeza de España

compartir delicious digg frequi google meneame technorati

Deje un comentario