YO SOY UN TONTO DE LOS COJONES

Si, como se suele decir, la cara es el espejo del alma, la de Pedro Castro, desencajada, de modales groseros y voz chillona, debe tener un color turbio. Esa es la imagen democrática que ofrecen algunos individuos de la izquierda troglodita que, sin duda, hará meditar a sus electores, pues no me puedo creer que sean del mismo talante que sus representantes. La medida tomada por el PP de abandonar la Federación Española de Municipios y Provincias hasta que no deje la presidencia este energúmeno me parece muy adecuada ante el tamaño de la ofensa a más de diez millones de personas, ofensa que no se resuelve con una ñoña disculpa. En la medida en que determinadas actitudes indignas tengan sus consecuencias, comenzaremos a regenerar nuestra democracia que hoy cumple un triste treinta cumpleaños, teñidos de la sangre y odio por el nacionalismo vasco radical.

Hace unos días Rosa Montero publicó un artículo, “Tolerancia”, que deberían leer todos estos progres de almas viperinas. Venía a decir que alardear de tolerante con los coleguillas no tenía ningún mérito. Lo que convierte la convivencia en algo encomiable es cuando nos conllevamos con el adversario y desterramos, de paso, la dialéctica Schmittiana del amigo/enemigo de la política.

La obscena arenga del alcalde de Getafe es la consecuencia de una política que no tiene límites. Se comienza insultando al adversario y se acaba no sabiendo quien es el enemigo y sentándose en la misma mesa de negociación con los terroristas. Lo ocurrido es un pésimo síntoma y creo que la decisión intransigente de los populares es un inmejorable augurio. “Estamos arrastrados”, dijo el hermano del empresario Uría, asesinado por ETA. No hay mejor diagnóstico de la enfermedad moral que padece nuestra democracia treintañal. Prefiero, pues, ser un tonto de los cojones que vivir arrastrado.

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