LA MUERTE NO ES EL FINAL

Estos días, tan tristes por la muerte de dos nuevos soldados españoles en Afganistán, hemos vuelto a escuchar esa hermosa y pegadiza canción –“La muerte no es el final”- que adoptaron las FF.AA españolas en los años ochenta para homenajear a sus caídos en acto de servicio. Esta canción la compuso Cesáreo Gabaráin Azurmendi, un cura vasco, en homenaje al organista de su parroquia que había muerto. Efectivamente, para los creyentes de cualquier confesión, la muerte no es el final, aunque con ella se acaban muchas cosas.

Afganistán, como Pakistán, son territorios muy complejos en los que difícilmente convive una moderna estructura de estado con tradiciones tribales muy arraigadas en la población, sobre todo en las zonas rurales que son casi todas. Además, y para acabarlo de arreglar, los contornos nacionales no están –ni probablemente lo estén en mucho tiempo- bien definidos. Recordemos, por ejemplo, que cuando se produjo la partición entre India y Pakistán se tuvieron que desplazar millones de personas de un lado a otro de la frontera, quedando el emblemático río Indo, nada menos, en lado musulmán.

La Unión Soviética se empantanó en Afganistán; y aunque ya estaba tocada del ala, la invasión de territorio dominado en muchas zonas por los talibanes musulmanes, acabó minando al ejército rojo. Ahora dicen que Estados Unidos y sus aliados se replegarán de Irak para centrarse en Afganistán. España enviará, entonces, muchas más tropas. Es probable que sea la medida política correcta en un mundo global, pero quienes conocemos, al menos en parte, esa zona, sabemos que la paz es casi imposible, de momento. Ya podemos prepararnos psicológicamente para asumir que nuestras tropas son un ejército y no una ONG. Afortunadamente para todos, ahora el Gobierno socialista tiene una oposición leal que entona, al unísono, cuando hay que hacerlo, “la muerte no es el final”.

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