PAZ, PIEDAD Y PERDÓN

Mañana, día de Difuntos, miles y miles de personas se acercarán a los cementerios y colocarán flores, rezarán o recordarán a sus muertos. Entre ellos habrá muchos que murieron en la Guerra Civil, en uno y otro bando.Alguno de esos cuerpos que mañana se honrará, antes de ser enterrado dignamente,  reposó amontonado junto a otros en fosas comunes, como ocurrió con decenas de miles de españoles que fueron asesinados en tiempos de la República y del Frente Popular. Después de la guerra se abrieron muchas de esas fosas, se identificaron los restos y se les dio cristiana sepultura, perpetuando su memoria. Lo que resulta escandaloso es que después de treinta años de democracia, ningún gobierno levantase las otras fosas comunes y enterrase dignamente a los muertos por la represión franquista. Si se hubiese hecho, ahora no tendríamos a Garzón meneando el rabo y calificando, artera e injustamente, de crímenes contra la humanidad esa represión.

Creíamos que la Transición había sido un abrazo fraternal, pero por lo que se ve parece que fue el abrazo del oso. Tampoco creo que la Transición deba sacralizarse pues nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Ahora está de moda la ignorancia y, especialmente, ignorar todo lo que pasó entonces, ese entonces de la Guerra Civil, el entonces de nuestros padres y abuelos, el del franquismo y del exilio, el de la Transición y el de la Constitución. El entonces de una España sin rencor que ahora se deshace como un azucarillo.

Paz, piedad y perdón, clamaba Azaña el 18 de julio de 1938 desde el balcón del Ayuntamiento de Barcelona. Que cada uno recuerde u olvide como quiera esa guerra atroz que destrozó familias, pueblos, ciudades y a España entera. Mañana, Día de Difuntos, es un buen momento para que  examinemos por qué nos habíamos olvidado de una buena parte de los muertos de la guerra hasta que un juez, por caminos retorcidos e impracticables, nos ha recordado, en todo caso, que existían y que estaban ahí, mal enterrados. Descansen en paz, con nombres y apellidos, y que su memoria, para bien o para mal, perdure. Pero que no se monte un esperpéntico procedimiento judicial sobre hechos que ya han atravesado el umbral de la historia.

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