Salir del pesebre

En estos días que está tan de moda eso de salir del armario, ya va siendo hora de que los católicos -incluso los mediopensionistas- salgamos también del pesebre en el que estamos cómodamente confinados, y proclamemos -como cualquier hijo de vecino- nuestras creencias, que al fin y al cabo son las que dan verdadero sentido a la vida. No vaya a resultar que los únicos que se queden sin decir lo que piensan, sin sentir lo que dicen, seamos nosotros. Por ello, el otro día me reconcilié con la política al leer las inteligentes y sinceras respuestas que el número dos de Mariano Rajoy, el secretario de Estado de Relaciones con las Cortes, Jorge Fernández Díaz, le daba a la periodista Salomé García en una entrevista, donde proclamaba su fe -«la fe me ha mejorado en mi interior y hasta he llegado a encontrar sentido al dolor»-, su pertenencia al Opus Dei -«la espiritualidad de la obra me resulta muy afín y me identifico mucho con ella»- y su concepción del laicismo: «Vivimos en un régimen constitucional que define a España como un Estado aconfesional, neutral religiosamente, que garantiza que todos los ciudadanos puedan profesar su creencia religiosa o su increencia. Se ha practicado un juego maniqueo que consiste en decir que estamos en un estado laico, que ha expulsado de la esfera pública a lo católico. Eso no es lo que dice la Constitución. No. Define el Estado como neutral religiosamente, no laico. La laicidad es buena, pero el laicismo es una religión intolerante que impide exteriorizar las creencias».

Incluso podría afirmarse algo más. El laicismo pretende impedir a los católicos expresarse libremente cuando quienes no lo son o bien quienes profesan otras creencias lo hacen con total libertad, amparándose siempre en clichés como ése. El laicismo es atizado, generalmente, por los herederos del comunismo o del estalinismo (que son clónicamente lo mismo ya que lo segundo es consecuencia necesaria de lo primero) y por una variopinta tropa de compañeros de viaje compuesta por clérigos arrepentidos, teólogos sin fe o esos denominados «católicos de base» (que no suelen ser ni una cosa ni otra), es decir, por todos aquellos que torticeramente o por simple estupidez mezclan neutralidad con imparcialidad. Pues es cierto que la ley, y la ley de leyes que es la Constitución, evidentemente son neutrales, pero de ello no se deriva que quienes deben acatarla tengan que ser imparciales.

Pasado mañana conmemoramos el nacimiento del cristianismo y me ha parecido un buen momento, cuando discutimos sobre si conviene o no recordar lo que es obvio, es decir las raíces cristianas de Europa, sacar del pesebre la figura del Creador, y hacerlo de la mano de un político, ahora que tanto se les critica, pues también los hay -y yo creo que la mayoría de ellos lo son- honestos, sinceros y entregados al trabajo de cada día.

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