Doce estrellas

“La Virgen viviente, cuya bandera, azul y de doce estrellas doradas, es la más genuina representación de nuestro continente, de esta Europa que, asustada y alicaída, niega diariamente sus raíces cristianas, debatiéndose en una estéril disputa”.

Poco tiempo hace de aquel referéndum en que los ciudadanos europeos teníamos que votar sí o no al Proyecto de Constitución Europea y ya nadie se acuerda de ella. ¿Alguien sabe a dónde fue a parar aquel texto que –según decían- iba a cambiar a mejor la vida de los europeos? ¿Acaso no sirvió de nada? ¿No se aprobó? ¿Y para eso tanto rollo como se inventaron? Nos metieron Europa hasta en una lata de refresco, referéndum plus, ¿para qué tanto gasto? ¿para nada?

Bien parece que la clase política va andando por un camino y los ciudadanos por otro. La gente normal lo que queremos es vivir, ante todo que nuestros hijos puedan vivir bien y recibir una buena educación en libertad. Que no nos falte el trabajo, el sustento de nuestra familia. A los políticos… ¿qué les interesa a los políticos hoy? ¿queda algún político que mantenga el ideal de mejorar la vida de los ciudadanos? ¿persiguen los políticos las mismas metas que la gente que madrugamos todos los días para ir al trabajo?

Hubo un tiempo en que el proyecto de constituir la Unión Europea era verdaderamente ilusionante. Erasmo, Luís Vives, Montesquieu, Víctor Hugo, Jean Monet, Winston Churchill, Paul-Henri Spaak y Altiero Spinelli, entre otros, fueron algunos de los precursores que habían soñado con una Europa unida. Todos ellos -cada uno desde su ideología, desde su tiempo, desde su país de origen-, políticos y pensadores que perseguían un ideal estado de bienestar común a todos los vecinos miembros del Viejo Continente.

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