Suena un cornetín en el patio de armas…

Suena un cornetín en el patio de armas del cuartel de una ciudad andaluza. El capitán arenga a los soldados y termina gritando «¡Viva la República!», al tiempo que la banda militar interpreta los acordes del «Himno de Riego». La situación de España se ha vuelto dramática y la violencia y el desorden, la injusticia en suma, gobiernan las calles. Hace unos días que Dolores Ibárruri ha amenazado en el Parlamento al jefe de la oposición conservadora Calvo Sotelo y, como si de un siniestro presagio se tratara, a las pocas horas ha caído asesinado. Los socialistas, con Largo Caballero, «el Lenín español», a la cabeza, proclaman a voz en cuello que sólo están dispuestos a admitir una República como la de la Rusia soviética. El capitán sigue las instrucciones de Sanjurjo, Mola, Queipo, Franco y Cabanellas, y su objetivo consiste en restablecer el orden y la legalidad. Su asonada fracasa estrepitosamente y el oficial es encerrado preso en un barco que está amarrado en el puerto. Al cabo de unos días, y tras un esperpéntico juicio, es asesinado salvajemente por la marinería descontrolada.

En Sevilla, la astucia de Queipo le lleva a controlar la ciudad y en Granada triunfan también los sublevados. Comienza la danza macabra de venganza y muerte. Canéfora de pesadilla. García Lorca cae asesinado probablemente por ser poeta y homosexual y a Víctor Pradera los milicianos le dan «el paseíllo» en Madrid, muriendo heroicamente por Dios y por España. Los españoles, a partir de entonces, ya sólo ventilarían sus diferencias con la fuerza de la fuerza. A medida que pasan los días se van inclinando las opiniones. En el bando «rojo» se reparten malamente el poder entre anarquistas, comunistas y socialistas. Los nacionalistas catalanes y vascos van a su aire. Y hay también una minoría, que se agrupa en torno a Azaña, a quienes no les gusta la «República socialista y popular» que quieren imponer en un lado, ni la España militar y fascista que se va configurando en el otro. «Los nacionales», sin embargo, tienen algo muy claro: primero, hay que ganar la guerra como sea y luego ya veremos. «Los rojos» se despellejan y desangran divididos en facciones y sin un mando militar firme y unido.

El final de la historia la conocemos todos: cuarenta años de catártica dictadura y el triunfo, tras la muerte de Franco, de la «tercera» España a la que ya se refiriera Madariaga, esa España que hizo posible el abrazo constitucional entre el Rey, Suárez, Carrillo, González, Fraga y tantos otros que no cabrían en las páginas de este periódico. Últimamente está de moda reabrir las fosas y levantar otra vez las banderas de la guerra. Mal asunto. Creo sinceramente que debe conocerse la verdad histórica con serenidad. Incluso la verdad que cada uno tenga. Lo que no es lícito ni moral es pretender ahora que unos fueron los buenos y otros los malos. Demasiado simple para tanta sangre. Hubo muchos muertos por ambos lados y todavía percibimos las cicatrices que esa guerra provocó en los cuerpos y en las almas de nuestros padres y abuelos. E incluso nosotros, que nacimos mucho después del final de esa orgía de barbarie, todavía hemos crecido con ese imaginario. Pero ayer, 18 de julio, afortunadamente sólo fue festivo por ser domingo.

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